Serie: Convivencias (LXIV)

El laicismo Hoy. Crisis y Actualidad

H�ctor Gros Espiell

Nunca, en los siglos XIX y en parte del XX, el tema del laicismo fue un asunto capaz de lograr un consenso general y una pac�fica y total aceptaci�n de su pertinencia pol�tica y �tica, ni tampoco sobre su conceptualizaci�n y definici�n y, en consecuencia, sobre sus l�mites.

Y ello era l�gico, porque el Estado habr�a sido en Occidente, desde sus or�genes medievales y desde su consagraci�n en los tiempos modernos, un Estado confesional, unido a una concepci�n religiosa, consustanciado con una corriente cristiana e integrado en la catolicidad - el temprano cisma entre las Iglesias Cat�lica y Ortodoxa, ni, mucho despu�s, la aparici�n de las corrientes protestantes, har�a variar la idea del Estado unido a la religi�n. Por ello la consagraci�n del laicismo deb�a ser necesariamente confrontacional y pol�mica.

La separaci�n de lo pol�tico y de lo religioso, la idea de que el Estado deb�a de ser una instituci�n pol�tica ajena del fen�meno religioso, aunque no ignorante de este fen�meno, � y que la religi�n era un asunto de la conciencia individual, signific�, primero en la evoluci�n del pensamiento filos�fico, pol�tico e institucional y luego en sus aspectos constitucionales y legislativos, una ruptura traum�tica y conflictiva, que se mantuvo tr�gicamente vigente durante largas d�cadas de los siglos XVIII, en gran parte del XIX e incluso, con diferente intensidad y en distintos espacios geogr�ficos, en el decurso de gran parte del XX.

Entre la persistencia de enfoques tradicionales de ra�z religiosa, contrarios al laicisismo y a la laicidad, y las concepciones liberales impulsoras de una idea areligiosa y aconfesional del Estado, se ha asistido durante la �poca contempor�nea a una aguda pugna.

Sin embargo, luego de la Segunda Guerra Mundial, como consecuencia de la universalizaci�n del ideal democr�tico y, consiguientemente, de la necesaria admisi�n del pluralismo y de la tolerancia, parec�a que se hab�a impuesto la aceptaci�n, en un sector de � nuestro � mundo, de la idea de que s�lo en un Estado no religioso ni confesional, es decir en un Estado laico, era posible situar un Estado plenamente democr�tico, con el consiguiente respeto integral de la dignidad y la libertad humana.

Parec�a as� haberse logrado un relativo consenso sobre la necesidad de la existencia de un laicismo tolerante y moderno, de ninguna manera antireligioso, sino fundado en la idea de que �nicamente un Estado no confesional �basado en la separaci�n de los espacios reservados a la pol�tica y a la religi�n - , era capaz de asegurar la libertad y la igualdad jur�dica de todos los seres humanos.

EL LAICISMO CUESTIONADO

Naturalmente esta afirmaci�n s�lo era aplicable y v�lida respecto de la llamada civilizaci�n occidental, aunque no se supiera muy bien el sentido preciso del concepto, ni los l�mites geogr�ficos de esta cultura. Era inexistente en las concepciones religiosas, pol�ticas, jur�dicas y filos�ficas que un�an las ideas de religi�n y pol�tica, y que no conceb�an ni conciben un Estado y un Derecho separados, aut�nomos y diferentes, del fen�meno religioso.

Sin embargo, incluso en Am�rica y Europa, en especial en los �ltimos a�os, esta aparente pac�fica aceptaci�n de la laicidad estatal, ha vuelto a discutirse y a ponerse en entredicho.

Hay ejemplos que muestran el cuestionamiento en estos d�as de la laicidad o por lo menos de algunos de sus elementos y de ciertas de sus eventuales consecuencias en muchos pa�ses.

En Francia se ha propuesto revisar la ley de 1905, que separ� la Iglesia del Estado, aunque sin pretender eliminar la esencia del principio de separaci�n.

En Espa�a se discute hoy lo referente a la ense�anza de la asignatura religi�n cat�lica en la escuela p�blica, es decir en la ense�anza oficial brindada por el Estado.

En Italia y en otros pa�ses europeos el tema vuelve a ser objeto de consideraci�n y an�lisis.

Gran Breta�a no es un Estado laico, ya que el Jefe de la Iglesia Anglicana es el Jefe del Estado. Esta no separaci�n de la Iglesia y el Estado y la existencia de un Estado confesional, que adopt� una religi�n cristiana no cat�lica, coexiste hoy, luego de un largo y dif�cil proceso, con un sistema que acepta la libertad religiosa y el libre ejercicio de otras religiones adem�s de la oficial. Lo que es indudable es el que el caso brit�nico implica una concepci�n incompatible con la idea generalmente aceptada de la laicidad.

Y en los Estados Unidos una fuerte corriente neo-conservadora, sostiene que un gobernante sin religi�n no puede ser un buen gobernante, que la invocaci�n a Dios es ineludible en los actos oficiales y que la teor�a creacionista del � designio inteligente � , de ra�z religiosa, debe imponerse, excluy�ndose de la ense�anza la referencia a la teor�a evolucionista.

Esta cuesti�n constituye hoy uno de los grandes temas estudiados por la Ciencia Pol�tica en los Estados Unidos. Los an�lisis, por ejemplo, del libro de Anatol Lieves (America Right or Wrong, especialmente en su cap�tulo 4, "Fundamentalists and Great Fears" y de Jimmy Carter "Our Endangered Values, Americas�s Moral Crisis, en particular sus cap�tulos 3 y 6, "The Rise of Religious Fundamentalism" y "The Entwinings of Church and State"), constituyen una prueba excelente de este inter�s y atenci�n. No puedo dejar de recordar ahora al respecto otros libros aparecidos no hace mucho, que han constitu�do una l�cida y cr�tica advertencia (Por ejemplo : Gabriel Almond, Scott Appleby and Emmanuel Sivan, Strong Religion : The Rise of Fundamentalism Around the World ; Kenneth D Walh, Religion and Politics in the United States ; Howard Fineman, Bush and God ; Peter Beinard, The Religius Rights : The Assault on Tolerance ande Penalism in America ; Joel Carpenter, Revive Us Again : The Reawakening of American Fundamentalism ; Ralph Reed, Separation of Church and State, Christian Nations and other Heresies and Kristol, New Conservatism, Autobiography of an Idea).

Todo esto muestra que el tema del laicismo - y de su aceptaci�n general - ya que no ha sido nunca una idea universal desde el punto de vista geogr�fico, pero si nuestra -, no se ha asentado en forma definitiva y que subsisten o renacen hoy, en ciertos �mbitos de nuestra civilizaci�n, ideas y planteamientos que se cre�an superados y obsoletos.

Es por eso que en torno al tema del laicismo, vuelto a discutir y a analizar con pasi�n en nuestros d�as, ha nacido ahora una abundant�sima bibliograf�a. Adem�s de la se�alada respecto de los Estados Unidos, en Francia, se asiste hoy a la aparici�n de una catarata de estudios sobre la laicidad, entre las que quisi�ramos destacar, por su inter�s, tres : el de Jean Baud�rot y Michel Wievorka (De la s�paration des Eglises et de l�Etat � l�avenir de la laicit�), el de Ren� R�mond (L�invention de la laicit�. De 1789 � demain) y el de Guy Coq ( La laicit�, principe universel) y el de Jean Baub�rot (Laicit� Mondiale). A estos autores pueden sumarse, tambi�n como ejemplos, los reci�n aparecidos libros de Jacqueline Lalouette, la S�paration des Eglises et de l�Etat, Gen�re et D�veloppement d�une Id�e, 1798-1905 ; Jean Marie Mayeur, la S�paration des Eglises et de l�Etat ; Ives Bruley, 1905, La S�paration des Eglises et de l�Etat, les Textes Fondateurs.

UN ABANICO

Es preciso convenir en que no hay un concepto �nico e invariable de lo que es el laicisismo y de cuales son las consecuencias necesarias de la existencia de un Estado laico.

Las diferencias resultan de la historia y del marco cultural en el cual el laicismo ha existido y existe, pero adem�s, del sistema jur�dico, de lo que establece o silencia la Constituci�n, de lo que resulta de la legislaci�n interna y de lo que puede derivar del Derecho Internacional aplicable, sea como resultado de un tratado o de un concordato.

El Estado laico es incompatible con toda concepci�n basada en un fundamentalismo religioso. El fundamentalismo en materia religiosa implica no s�lo la intolerancia radical respecto de toda expresi�n religiosa distinta de la aceptada por ese fundamentalismo, no �nicamente la intolerancia respecto de cualquier ideolog�a que se sustente una creencia no religiosa � o aconfesional � sino que afirma necesariamente la voluntad de que el Estado o cualquier otra forma pol�tica, deba tener un car�cter religioso y que est� al servicio de esa idea y de ese credo religioso.

Por eso el reconocimiento actual de los fundamentalismos religiosos � y no solo del fundamentalismo musulm�n o isl�mico, sino de todo y de cualquier fundamentalismo relativo a cualquier religi�n -, es un peligro para el Estado laico y para la Libertad.

El muy reciente libro de Jimmy Carter � Our Endangered Values : America�s Moral Crisis �, es una valiosa contribuci�n a la puesta en evidencia del actual peligro del fundamentalismo religioso y una plausible advertencia.

 

Hay que comprender, asimismo, en que la regulaci�n jur�dica del laicismo no es igual en todos los pa�ses que se consideran laicos. No es igual, por ejemplo, el laicismo franc�s al espa�ol, al italiano, al suizo o al portugu�s, ni entre �stos y el estadounidense hay una identidad ; identidad que tampoco existe, entre cualquiera de �stos con lo que se considerar� como el laicismo latinoamericano, no igual, tampoco, estrictamente, con el laicismo uruguayo.

UN NUCLEO ESENCIAL

Pero siempre, sean cuales fueran las diferencias, para que exista laicismo, tiene que haber un n�cleo irreductible, un principio esencial, sin el cual el laicismo deja de ser tal.

Ese n�cleo es la necesaria separaci�n de la Iglesia, de las iglesias, y el Estado, el reconocimiento de la completa libertad religiosa y la aceptaci�n de que el Estado aconfesional, garant�a de la libertad, debe respetar y tolerar hoy todas las expresiones del pensamiento religioso, en todas sus formas, compatibles con el orden p�blico democr�tico.

La prohibici�n de la existencia de una iglesia oficial sostenida por el Estado, protegida y garantizada, no es algo totalmente coincidente con la idea de reconocer la separaci�n total de lo pol�tico y lo religioso, de la Iglesia y de las Iglesias del Estado. Pero, sin duda, pese a ello, son conceptos relacionados, unidos por la convicci�n de que es inadmisible una monopol�stica imposici�n religiosa sustentada en el Estado e impuesta por �l.

Sin embargo es posible, y la historia y el Derecho comparado lo prueban, pensar que la prohibici�n de existencia de una iglesia y de una religi�n oficial, no ha sido siempre acompa�ada de la separaci�n conceptual, completa o parcial, de lo religioso y de lo pol�tico, de lo estatal y gubernamental de la materia religiosa.

Esto es importante para comprender las diferencias muy grandes entre las diversas concepciones jur�dicas, a veces de naturaleza constitucional, relativas a la separaci�n de lo religioso, de lo pol�tico, a la prohibici�n de una religi�n oficial o protegida y en definitiva, del Estado laico y del laicismo. Puede, en efecto, concebirse un Estado en el que se prohiba la existencia de una religi�n oficial y que no sea estrictamente laico, en cuanto no excluye a lo religioso, a Dios, de la vida pol�tica oficial.

Este n�cleo necesario implica reconocer que el laicismo no es una forma cristalizada e inamovible y que, por el contrario, puede evolucionar, sin perder su esencia, al comp�s del cambio hist�rico.

RECONOCIMENTOS

No siempre la laicidad ha tenido un car�cter esencialmente tolerante, simplemente areligioso o aconfesional, no antireligioso, basada en la separaci�n de lo pol�tico y de lo religioso, de lo estatal y de lo perteneciente al �mbito religioso. En efecto, en determinados momentos hist�ricos y en ciertos lugares, tanto en algunos pa�ses europeos como en Am�rica, el laicismo tuvo un car�cter antireligioso, generalmente anticat�lico, una actitud determinantemente militante contra lo religioso y en especial contra la Iglesia cat�lica. Esta situaci�n no puede hoy desconocerse ni olvidarse. Pero este car�cter no ha sido inalterable, ni ha permanecido incambiado. El laicismo por el contrario, ha ido evolucionando hasta llegar a ser hoy �sin perjuicio , en ciertos sectores, del mantenimiento de residuos de posiciones de radicalismo intolerante y de actitudes de principio antireligiosas -, una posici�n, basada en la Constituci�n o en la ley, constru�da en base al reconocimiento de la separaci�n necesaria y de la independencia del Estado de la Iglesia ( de todas la iglesias), de lo pol�tico y de lo religioso y del reconocimiento de la integral y completa libertad religiosa y , en consecuencia, de la plena libertad de cultos.

Es interesante reconocer que la Iglesia Cat�lica ha avanzado mucho en el reconocimiento y la aceptaci�n del fen�meno de la laicidad del Estado. Como prueba de este proceso, cumplido paulatinamente, creo que es interesante citar las palabras de Benedicto XVI, contenidas en el Mensaje al Parlamento de la Rep�blica Italiana, fechado el 14 de noviembre de 2005, cuando dice : � La Iglesia Cat�lica no pretende reivindicar para si ning�n privilegio, sino �nicamente tener la posibilidad de cumplir su misi�n, en el respeto de la leg�tima laicidad del Estado � ( el subrayado no est� en el original).

URUGUAY

Frente a la situaci�n actual respecto del laicismo, eventualmente peligrosa, a mi juicio, para la Democracia y los Derechos Humanos, que puede llevar a un renacimiento de la intransigencia y del fanatismo religioso, creo es interesante hoy destacar el ejemplo uruguayo.

Pero antes quiero reiterar que para mi s�lo el Estado laico, el Estado aconfesional, el Estado areligioso, que no es el Estado antireligioso, es capaz de constituir un verdadero e integral Estado Democr�tico y Social de Derecho, apto para garantizar en su m�s amplia expresi�n, la Dignidad Humana y, en consecuencia, el Derecho a la Libertad y al reconocimiento y efectividad de todos los Derechos Humanos a todos los individuos.

El Estado uruguayo es laico. Es laico porque el Estado no sostiene religi�n alguna" (art. 5 de la Constituci�n). Es un Estado laico porque no es confesional y porque, como consecuencia de ello, � todos los cultos religiosos son libres en el Uruguay � (art 5 de la Constituci�n).

La laicidad uruguaya tiene ra�z y marco constitucional.

Pueden citarse leyes decimon�micas que fueron perfil�ndolo e introduciendo la cuesti�n de la laicidad en la vida social, pol�tica y jur�dica del Uruguay.

Pero fue la Constituci�n de 1918, complementada por la de 1934, que fij� la laicidad como principio y que determin� sus l�mites, uni�ndola a la ideolog�a democr�tica, a los Derechos Humanos, a la Libertad, a la tolerancia y a la solidaridad social, tanto como al repudio del sectarismo y la discriminaci�n.

Hay que reconocer sin embargo que falta en la bibliograf�a uruguaya un gran libro sobre el laicismo constitucional. Hay docenas de libros sobre el tema en la legislaci�n, en su relaci�n con las leyes de educaci�n, de estado civil, de la jurisdicci�n eclesi�stica, etc. Pero ha faltado una construcci�n jur�dica que, partiendo de la Constituci�n, elabore la doctrina constitucional de la laicidad en el Derecho uruguayo.

Curiosamente nuestro grandes constitucionalistas no le han dado, al comentar el art�culo 5 de la Constituci�n, la proyecci�n integral que esta norma tiene sobre � el mundo del Derecho �, que es una parte del universo social, pol�tico y cultural.

 

Este art�culo 5 de la Constituci�n naci� en 1918. El texto fue propuesto en el proyecto del gran jurista, liberal y nacionalista, que fue Alfredo V�squez Acevedo, que recog�a una idea aceptada en muy importantes y distintos sectores pol�ticos.

El texto se incluy� en el Pacto de los Partidos en el que se fund� la Reforma plebiscitada por el Cuerpo Electoral.

Es imposible hablar de laicismo en el Uruguay sin citar el art�culo 5 y los debates constituyentes.

La laicidad en la Constituci�n uruguaya � y no importa lo que el laicismo puede ser en otros sistemas jur�dicos e ideol�gicos -, significa, primariamente, que el Estado no posee, ni sustenta, ni ense�a, religi�n alguna.

Pero la Constituci�n concept�a la religi�n � todas las religiones, cuyos cultos son libres -, como elemento positivo, como un factor socialmente positivo para asegurar los valores en que se sustenta el sistema ideol�gico, pol�tico e institucional de la Rep�blica.

Por eso es que la laicidad en el Uruguay no supone ausencia de valores positivos. Por el contrario se basa en ellos, los defiende y los promueve. Son los valores de la tolerancia, el respeto ideol�gico y la dignidad humana.

Es as� que la Constituci�n declara � exentos de toda clase de impuestos a los templos dedicados al culto de las diversas religiones � (art 5,oraci�n final).

La exigencia constitucional de que el Estado procurar� � el perfeccionamiento moral de todos los habitantes del pa�s � (art. 44), supone la existencia de religiones, coexistentes en un r�gimen de libertad, sin perjuicio de la admisi�n de la realidad de corrientes ideol�gicas no religiosas, que promueven tambi�n valores morales. La moral que debe siempre ense�arse es una moral de respeto al fen�meno religioso y de tolerancia tambi�n respecto de la no creencia religiosa.

Las instituciones de ense�anza privada y las culturales, entre las que se encuentras las religiosas, est�n exoneradas de impuestos nacionales y municipales como subvenci�n por sus servicios (art 69) y se garantiza la libertad de ense�anza, que comprende la libertad de ense�anza religiosa, teniendo los padres o tutores el derecho a elegir para la ense�anza de sus hijos o pupilos los maestros e instituciones, eventualmente religiosos, que deseen (art 68).

El Estado no puede imponer la Escuela p�blica, que es y debe ser laica, como �nica. La ofrece, gratuitamente, en un sistema de coexistencia con las escuelas privadas.

El Estado no sostiene ni financia los colegios religiosos, pero al exonerarlos de impuestos, los subvenciona.

La ense�anza brindada por el Estado ha de ser necesariamente laica, no embanderada religiosamente, pero nunca anti religiosa. La religi�n, ninguna religi�n, se ense�a en las escuelas p�blicas. Pero los padres pueden en las escuelas o en los locales que deseen, o en el seno de la familia, ense�ar a sus hijos la religi�n que deseen.

Pero el que no se brinde ense�anza religiosa en las instituciones p�blicas, no significa que la religi�n pueda ser atacada o menospreciada.

La laicidad nuestra, la laicidad constitucional uruguaya, es tolerancia, comprensi�n y respeto ante el fen�meno religioso. Es esencialmente libertad.

El laicismo anti religioso o intolerante, no es el laicismo constitucional uruguayo, que es por el contrario, liberal, tolerante y respetuoso.

El laicismo anti religioso es el superado y nefasto laicismo � entre otros del nazismo y del comunismo - , ajeno al Uruguay, ajeno a la Democracia, que estaba basado en la intolerancia, la segregaci�n de los religiosos y de los ateos o agn�sticos, del rechazo,del odio y del remordimiento.

El laicismo uruguayo, de ra�z constitucional, est� en la base de la Democracia. El otro, el intolerante, est� en la ra�z del totalitarismo.

Para la Constituci�n � cualesquiera que sean los criterios, sociol�gicos o antropol�gicos que se invoquen, nunca jur�dicos - , la religi�n no es magia o superstici�n primitiva. Es un valor de alto contenido humano, moral y social, que la Constituci�n protege y garantiza, en su coexistencia �tolerante y respetuosa -, con todas las otras corrientes ideol�gicas, inclu�das las que sostienen la no creencia religiosa.

En la escuela p�blica, que hay que defender y promover, se form� la Democracia uruguaya, basada en el pluralismo democr�tico y en la tolerancia hacia todas las religiones y respecto de la falta de creencias religiosas.

Esta laicidad es la que asegur� nuestra Democracia y la Paz C�vica que el Uruguay ha gozado, de convivencia tolerante entre los que tienen creencias religiosas y los que no la poseen.

Es un ejemplo que no puede hoy dejarse de mostrar, no para intentar imponer un modelo, sino tan solo para poner de manifiesto los elementos positivos de una f�rmula que, en una sociedad democr�tica, ha contribu�do a generar la paz social y la plena tolerancia religiosa.

 

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