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Minas de Potosí

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En el sector "Morena", la entrada de la Cooperativa Minera Villa Imperial. Sitio en funcionamiento desde 1895.

Las minas de Potosí, también llamadas minas de Cerro Rico, que constituían uno de los centros mineros más importantes del mundo durante la época colonial española, se desarrollaron en el Cerro Rico, ubicado al sur de la ciudad de Potosí, en lo que entonces era el Alto Perú (actual Bolivia). Situadas en la franja polimetálica andina, las minas de Potosí son mundialmente conocidas por sus inmensos yacimientos de cobre, plomo, plata y estaño. A partir de 1545, bajo el virreinato del Perú, el descubrimiento de importantes yacimientos de plata nativa impulsó de manera decisiva las economías de Europa, América y Oriente.

Desde la época prehispánica, las minas de Potosí han propiciado el desarrollo de diversas formas de explotación entrelazando política, economía, sociedad, estatutos de los trabajadores, religión y mitología. En otras palabras, las actividades mineras en el Cerro Rico pueden considerarse como un fenómeno sociológico, un hecho social en sí mismo.[1]

En 2014, el comité de la UNESCO inscribió a la ciudad de Potosí en la lista de los sitios históricos en peligro, debido a las actividades mineras en el Cerro Rico y al riesgo de colapso. Tuvo en cuenta también las deficiencias en la conservación y la falta de aplicación de las leyes, que afectan tanto a los recursos naturales como a la población.[2]

Descubrimiento e historia

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Minero en una galería de las minas de Potosí (2006).

Según una historia que se mantuvo oficial durante mucho tiempo, se dice que las vetas de plata de Potosí fueron descubiertas de forma casual, una noche del año 1545, por un pastor quechua llamado Diego Huallpa que se perdió mientras regresaba con su rebaño de llamas. Decidió acampar al pie del Cerro Rico y encendió una fogata para abrigarse del frío. Cuando despertó por la mañana, descubrió hilillos de plata fundidos por el calor del fuego. El cerro, aparentemente, era tan rico en vetas de plata que la misma se encontraba a flor de tierra.[3] Otra leyenda sostiene que cuando el sapa inca Huayna Cápac mandó explorar el cerro, en tiempos prehispánicos, la montaña bramó diciendo "no toquéis la plata de este cerro porque es para otros dueños". Según el cronista potosino Bartolomé Arzáns, los indios habrían exclamado "¡Potocsi!" para describir el estruendo que había sacudido la montaña.[4][5] Sin embargo, algunos historiadores argumentan que estas versiones "oficiales" del descubrimiento del yacimiento de Potosí sirvieron durante mucho tiempo para justificar la toma de posesión española del Cerro Rico y de sus riquezas. Sin embargo, numerosos proyectos de investigación realizados en la década de 2000 han comenzado a ofrecer una nueva perspectiva sobre la historia de las minas de Potosí y el inicio de la colonización. Estos proyectos permiten rastrear las relaciones políticas regionales que vinculaban a las poblaciones locales con los dos invasores: los Incas y los Españoles.[3][4]

Antes de los Incas

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Con pruebas estratigráficas, Mark Paul Abbott y Alexander Wolfe determinaron que los minerales del Cerro Rico fueron explotados desde antes de Cristo, en un período incluso anterior a la cultura Tiahuanaco. Asimismo, según los investigadores Tristan Platt, Thérèse Bouysse-Cassagne y Olivia Harris, el Cerro Rico fue objeto de una intensa explotación en la época del Horizonte Medio (600 d. C. hasta el 1000 d. C.), llegando a menguar su producción entre 1100 y 1400 d. C., cuando surgieron formaciones políticas menores: los señoríos y las federaciones, la mayoría de ellos bajo hegemonía aimaras.[4] De manera similar, algunas fuentes coloniales tempranas sostienen que, en el siglo XV, la región de Potosí era territorio de un grupo étnico: los Qaraqaras. Se dice que forjaron una sólida alianza con los Charkas, sus vecinos del noreste, formando una vasta federación territorial. Y si la agricultura de altura y la cría de camélidos eran sus principales actividades económicas, la explotación minera también fue un foco de actividad, pero se mantuvo a pequeña escala.[3]

Bajo el Imperio Inca

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Esta configuración se vio alterada a mediados del siglo XV por la llegada de los Incas y la integración del territorio a su imperio: el Tawantinsuyu. La conquista territorial liderada por los Incas estuvo acompañada por la subyugación económica de las poblaciones locales, a menudo trasladadas a otros territorios dentro del imperio (un modelo que posteriormente adoptaron los españoles), y por una estrategia de dominación facilitada por el establecimiento de nuevas élites indígenas leales a los Incas. La búsqueda de nuevos yacimientos de metales preciosos fue fundamental para la expansión incaica hacia el sur. Bajo su control, la producción de metales fundidos en hornos de viento, llamados por los indios guairas, se intensificó y adquirió una nueva dimensión simbólica y religiosa. Las montañas ricas en minerales eran, en su mayoría, consideradas sagradas. Eran objeto de intensas prácticas rituales, incluyendo la qhapaqucha (Capac cocha) marcada por el sacrificio de niños locales. En las cumbres de las montañas más importantes, como el Cerro de Potosí, construyeron santuarios dedicados a sus deidades: los Wak’as.[3]

En la época hispana (1535-1809)

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Indígenas trabajando en una mina en Potosi (mitayos). Grabado de Theodor de Bry, alrededor de 1590.[6]

Poco más de un siglo después de la llegada de los Incas, la región de Potosí se vio nuevamente sacudida por un cambio radical de poder. En 1539, Gonzalo Pizarro, hermano paterno menor de Francisco Pizarro y uno de los principales actores de la conquista del Perú, se estableció en la región. Los primeros años de la historia colonial de Potosí estuvieron marcados por las disputas entre las diversas facciones españolas, los Incas y la población indígena local, lo que justificó la apropiación del fabuloso yacimiento de plata del Cerro de Potosí. Este acto fue descrito como obra de un destino providencial, arraigado en las fantásticas historias de la montaña rugiente y del descubrimiento casual por el pastor Diego Huallpa, leyendas que aún resuenan en la memoria colectiva.[3]

Otra versión argumenta que más allá de historias del cerro que brama y del pastor perdido con sus llamas, los papeles de la historia, como la declaración póstuma que prestó Diego Huallpa, permiten establecer que este indio, que era natural de Chumbivilcas, una provincia próxima al Cuzco, y perteneciente al círculo íntimo de la élite imperial incaica, llegó a Potosí con el encargo de evitar que los españoles se enteraran de que el Cerro Rico tenía plata. Así, la mina de Potosí fue escondida con motivo de su riqueza, por la importancia de su wak’a que estaba en su cumbre y con la esperanza de poder un día reconstruir el Tawantinsuyu.

Pero, al final, Manco Inca fue asesinado en 1545 y los indios que había enviado hasta territorio de los Qaraqaras, donde estaba el Cerro Rico, se sintieron libres de su mandato. Es probable, entonces, que Diego Huallpa, ya sin encargos de por medio, decidiera primero comenzar a explotar personalmente la plata del Cerro Rico y, después, dejar de encubrirla. De aquí en adelante, avisara a los españoles sobre el yacimiento.[4][3] El 1 de abril de 1545, los capitanes Juan de Villarroel, Diego de Centeno, Francisco de Centeno y Luis Santandia de Cotamito tomaron posesión del Cerro Rico "en nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo y del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos V".[5] Su descubrimiento es descrito de la siguiente manera:

Habrá quatro años que, para acabarse de perder esta tierra, se descubrió una boca del ynfierno por la qual entra cada año gran cantidad de gente, que la codicia delos españoles sacrifica a su dios, y es una mina de plata que se llama Potosì.[7]
Carta al Rey de fray Domingo de Santo Tomás, el 1º de julio de 1550

Desde esta fecha, la población indígena sufrió una explotación infrahumana. Miles de indígenas procedentes de todos los rincones del antiguo imperio inca, reclutados a la fuerza, fueron arrancados a sus familias y sus campos para trabajar en las minas de Potosí. Fueron sometidos a la mita, un sistema que ya era habitual en el incario, pero cuyo uso intensificaron los españoles, y creció aún más a instancias del virrey Francisco Álvarez de Toledo, ante la falta de mano de obra para la minería. A los mitayos (como se llamaba a los indios sometidos a la mita) se les hacía trabajar hasta 15 horas diarias, cavando túneles, extrayendo el metal manualmente o a pico, etc. Eran muy frecuentes las enfermedades, los derrumbes y otros accidentes que ocasionaban la muerte de cientos de trabajadores. Las rebeliones eran ahogadas a sangre y fuego. Es probable que hasta 15 000 indígenas murieran en la explotación de la plata, entre 1545 y 1625.[1][8]

En 1577, se contaba 140 Molinos hidráulicos en los cuales se procesaba el metal antes de moldearlo en barras. Pero si bien las minas de Cerro Rico producían la materia prima que enriqueció a España, fue la Casa de la Moneda de Potosí la que fabricó los Reales de a Ocho que se usaban en todas las esquinas del mundo y que sentaron las bases de una moneda global.[6] La producción de plata nativa llegó a su punto máximo alrededor del año 1650 (100 años de producción), y la de en forma de galena argentífera, que requería el tratamiento químico con mercurio (amalgamacíon), disminuyó alrededor de 1895.[9] Se estima que entre 1546 y el final del período colonial, se extrajeron más de 25 000 toneladas de plata de las profundidades de las minas de Potosí. Sus mineros, maquinarias, hornos y sistemas hidráulicos conformaban el mayor complejo industrial de la época.[10]

Desde la época republicana (1826) en adelante

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Vista de las minas de Potosí (1927).

Para los habitantes de Potosí, el trágico destino de los mitayos sigue siendo el acontecimiento que define lo que consideran el motor de su historia: la apropiación de las riquezas de la sierra por parte de unos pocos privilegiados, en detrimento de la población local. Los españoles, que durante más de 250 años se apoderaron de las vetas de plata más ricas, figuran claramente entre los acusados. Sin embargo, la memoria popular los sitúa junto a los grandes terratenientes de la época republicana que se enriquecieron durante el auge del estaño en la primera mitad del siglo XX. En aquel entonces, casi todas las minas de Potosí cayeron en manos de Moritz Hochschild, Simón I. Patiño y Carlos Víctor Aramayo.[1] En cualquier caso, más de un siglo después de la guerra de independencia contra los realistas españoles (1809-1825), el 2 de octubre de 1952, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), que acababa de tomar el poder por la fuerza, decretó la nacionalización de las minas (Decreto Supremo Nº 3196). De este modo, en Potosí, la poderosa Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) sustituyó a Moritz Hochschild al frente de la Empresa Unificada.[11]

La nacionalización de las minas de Potosí permitió otorgar las primeras concesiones mineras legales. A partir de entonces, el primer sindicato de mineros se institucionalizó: Sindicato de la Empresa Minera Unificada (que tendrá casi una docena de minas en la década de 1960). Al mismo tiempo, la implementación de la Reforma Agraria promulgada en 1953 y una dinámica de movilidad social sin precedentes crearon las condiciones para nuevos flujos migratorios del campo a las minas de Potosí. En 1958, el gobierno boliviano promulgó la "Ley General de Cooperativas" y posteriormente creó el Instituto Nacional de Cooperativas (INALCO). Como resultado, los sindicatos mineros cambiaron su estatus legal y se convirtieron en cooperativas, bajo los gobiernos militares de Bolivia (1964-1982). Sin embargo, hasta mediados de la década de 1980, la COMIBOL y el Banco Minero de Bolivia mantuvieron el monopolio del comercio de minerales, procesados en sus refinerías.[9]

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Planta de refinación de minerales abandonada por la COMIBOL (1992).

A partir del 29 de agosto de 1985, la implementación del Decreto Supremo Nº 21060 por parte del presidente Víctor Paz Estenssoro y el histórico desplome del mercado mundial del estaño en octubre marcaron el inicio de un lento declive de la COMIBOL, de la minería estatal y del poder revolucionario de los mineros; reduciendo esta empresa pública a una función meramente administrativa.[11] Posteriormente, los yacimientos pasaron a ser explotados por numerosas cooperativas artesanales autogestionadas que arriendan las minas al Estado. Desde entonces, si bien en algunas minas de Potosí persisten los métodos artesanales de extracción de mineral, otras han incrementado la producción mediante el uso de compresores y equipos mecanizados.[12]

Las cooperativas cuentan con un consejo de administración y un consejo de vigilancia. Asimismo, pueden financiar los salarios de un contador o un secretario. El equipo directivo es responsable de asignar las áreas de trabajo, garantizar el cumplimiento de las normas de seguridad y los estándares ambientales, aprobar la incorporación de nuevos miembros y realizar inversiones conforme a las pautas de la asamblea de socios. Para unirse a la cooperativa, los miembros deben abonar una cuota de ingreso que oscila entre unos pocos cientos y varios miles de dólares. La afiliación permite a las personas realizar contribuciones a planes de pensiones y seguros de salud, participar en las reuniones de la cooperativa e integrarse en un equipo de trabajo.[13]

En 2024, más de 200 cooperativas mineras, que agrupaban a aproximadamente 55 000 socios (incluido el personal administrativo), operaban en Potosí; muchas de ellas estaban integradas en la Federación Departamental de Cooperativas Mineras de Potosí (FEDECOMIN).[14][15] De acuerdo al artículo 55 de la Constitución Política del Estado (CPEW), el sistema cooperativo se sustenta en los principios de solidaridad, igualdad, reciprocidad, equidad en la distribución, finalidad social y no lucro de sus asociados.[16]

Estatutos de los mineros

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Minero cabecilla perforando la roca antes de colocar una carga de dinamita (1992).

Desde la época colonial, los centros mineros han constituido enclaves dentro de un mundo predominantemente rural que provee a las minas de una parte significativa de su mano de obra. Además, en muchos casos, la mina garantiza la supervivencia de las comunidades campesinas. Por lo tanto, no existe una contradicción insuperable entre el mundo industrial y mercantil de la minería y las sociedades campesinas, en gran medida monetizadas. La historia de las relaciones entre la minería y el campo está marcada por adaptaciones recíprocas y la búsqueda, más o menos exitosa, de una simbiosis.[1] Desde el siglo XVI, la mina ha sido un crisol de culturas donde trabajan personas de diversos orígenes, donde se mezclan las etnias locales y se forjan nuevas identidades. El análisis etnológico muestra que entre los mineros de Potosí no solo había indígenas, sino también mestizos, mulatos, cholos y zambaigos.[17]

Los mitayos (trabajadores sujetos)

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Veta de minerales (plata, plomo y zinc asociados) siendo extraída en las minas de Potosí (1992).

Antes de la institucionalización del trabajo forzado de la mita, la mano de obra de las minas de Potosí estaba compuesta principalmente por antiguos sirvientes incas (yanaconas) que habían entrado al servicio de los españoles, quienes compartían con ellos las ganancias de la producción, y por campesinos desplazados. Posteriormente, los primeros mestizos urbanos complementaron esta fuerza laboral. Introducido en 1570, el sistema de la mita, una auténtica renta laboral otorgada por el Estado colonial a los empresarios mineros españoles, aseguró el esplendor y la supervivencia de Potosí durante dos siglos y medio.[18]

Según los decretos del virrey Toledo, la mita (en quechua, período de servicio) consistía en movilizar anualmente a una séptima parte de los hombres de entre 18 y 50 años de una lista de aldeas en 16 provincias del Virreinato del Perú. Su estancia en Potosí duraba un año al servicio del empresario al que estaban asignados. El acceso a la mano de obra indígena se consideraba una justa retribución a las inversiones de los empresarios españoles, quienes pagaban una quinta parte de su producción a la Corona.[18]

La legislación del virrey fijaba la jornada laboral en 15 horas y concedía a los trabajadores dos semanas de descanso de cada tres. Sin embargo, durante estas dos semanas de descanso, los mitayos (entonces llamados en "huelga") buscaban complementar sus escasos ingresos trabajando, casi siempre para el mismo propietario de la mina, por un salario diario superior al que recibían bajo el sistema de mita. Para limitar esta práctica y eludir la ley de Toledo, los propietarios de las minas lograron gradualmente, sobre todo durante la segunda mitad del siglo XV, sustituir el trabajo diario de jornada fija sin cuotas de producción predefinidas por un sistema de trabajo a destajo (tarea) cada vez más exigente.[17]

Este sistema permitió duplicar la productividad de los mitayos, quienes, además, a menudo tenían que usar su tiempo de descanso legalmente obligatorio para completar sus tareas asignadas. Por extensión, la evolución del sistema de la mita aseguró la supervivencia de la minería en Potosí a pesar de la disminución del contenido de plata del mineral, la stagnación de los medios técnicos y de la mano de obra empleada. Como señala el antropólogo Tristan Platt, si bien la mita puede percibirse como un sistema coercitivo en toda regla, para los mitayos se experimentó probablemente como una especie de "pacto colonial". Esta proposición subraya la dificultad de comprender sus diversas dimensiones.[17]

Los mingas (trabajadores libres)

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Tras una voladura, momento de descanso (acullico) en una zona «segura» para una sección (1992).

Sin embargo, los mitayos no eran los únicos trabajadores en las minas de Potosí. Sabemos, gracias en particular al trabajo del historiador Peter John Bakewell, que los trabajadores libres constituían una parte significativa de la fuerza laboral en las minas y refinerías. Estos mineros libres, que celebraban contratos con los propietarios, son conocidos como "indios mingas". Durante la primera mitad del siglo XVII representaban una buena parte de la fuerza laboral de las minas de Potosí. Una parte importante de esta población minga consistía, al comienzo de la explotación del sitio en 1545 y hasta el auge minero de 1570-1585, en indígenas que no dependían de las encomiendas coloniales, pero pronto la mayoría de los mingas eran mitayos en "huelga" que vendían su fuerza de trabajo durante su período de descanso "obligatorio" y teórico.[17]

Los mingas eran un grupo de trabajadores indisciplinados a quienes los empleadores tenían dificultades para someter al trabajo a destajo y a quienes pagaban salarios más altos que a los mitayos por una producción menor. Pero, su presencia era aún más esencial porque el reclutamiento de mitayos era una empresa arriesgada debido a la disminución e inestabilidad de las poblaciones sujetas a la mita. A finales del siglo XVIII, las minas de Potosí contaban así con más trabajadores libres (2583) que mitayos (2376).[18]

Los kajchas (trabajadores independientes)

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En las entrañas de las minas de Potosí, chaskiri cargando mineral sobre su espalda (1992).

Durante la segunda mitad del siglo XVII se desarrolló una nueva forma de trabajo: el kajcheo. Este consistía en que mineros independientes, conocidos como kajchas, extraían mineral para su propio beneficio. Al principio, los kajchas extraían el mineral durante su tiempo libre, cuando no estaban trabajando en el campo, especialmente los fines de semana, y luego lo procesaban en instalaciones rudimentarias llamadas "trapiches". Esta práctica de minería independiente provocó reacciones contradictorias entre los propietarios de las minas. Ya que les privó de una parte importante de sus beneficios, esta forma de explotación incontrolada debilitó también la infraestructura minera. Al mismo tiempo demostraban cierto grado de tolerancia ante esta práctica, que se asemejaba a la de "ladrones honestos". Además, desde el siglo XVIII, los kajchas, organizados en bandas jerárquicas de varios miles de hombres y reforzados por una estructura religiosa, constituían un sector verdaderamente independiente dentro de la industria minera de Potosí que amenazaba la dominación española.[17] [18]

La mayoría eran campesinos que migraban a la mina durante algunas semanas o meses al año, aprovechando los períodos de desempleo agrícola. Es comprensible que esta situación impulsara el desarrollo del kajcheo, tanto como medio para atraer mano de obra como modo de producción esencial. En 1827, el Cerro Rico debía casi el 50 % de su producción al kajcheo; entre 1831 y 1850, esta cifra aún superaba el 20 %.[19] Mientras tanto, en algunas minas de Potosí y sus alrededores, el kajcheo había dejado de ser una actividad ilícita limitada a los fines de semana. Los kajchas se habían convertido en trabajadores regulares que operaban ciertas concesiones con su propio equipo y mano de obra, en acuerdo con los terratenientes a quienes pagaban una parte, a veces un tercio, a menudo la mitad de su producción. Al igual que los miembros de las cooperativas actuales, los kajchas eran los únicos responsables de sus ganancias o pérdidas.[9]

Hacia 1930, los kajchas provenían principalmente de las filas de los mineros establecidos en Potosí. Se puede deducir que la estabilización de esta fuerza laboral se remonta al menos a la generación anterior, es decir, a principios de siglo. La autonomía de la que gozaban los kajchas para organizar su trabajo probablemente les permitió a muchos de ellos mantener, aunque residían principalmente en la ciudad, una actividad agropecuaria. Fue en este contexto socioeconómico, y tras la crisis internacional y la guerra contra Paraguay, que generó un desempleo masivo, que surgieron las primeras organizaciones sindicales kajcha que darían origen a las cooperativas actuales.[9]

Los cooperativistas

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Carretillero transportando mineral a la zona de extracción (1992).

Tras la creación de la COMIBOL en 1952, los sindicatos de kajchas cambiaron su estatus legal para convertirse en cooperativas. Hasta entonces, los kajchas eran, en cierto modo, cooperativistas que no estaban al tanto de ello. Este período de transformaciones estructurales también marcó el inicio de una ruptura entre los cooperativistas y los trabajadores estatales de la COMIBOL que coexistían en las minas de Potosí; estos últimos tildaban a los primeros de "pequeños burgueses", a lo que ellos respondían llamándolos "rojos subversivos".[15] Por lo tanto, entendemos que pertenecer a una cooperativa minera no se limita a trabajar en la mina. Esta identidad combina la actividad minera con otros criterios, como el dominio del oficio, la inversión y el grado de dependencia económica de la mina, el estatus dentro de la cooperativa y la adhesión a ciertas normas socioculturales vinculadas al entorno urbano. Es en la confluencia de estos diferentes aspectos donde, más allá de su ocupación profesional, los miembros de la cooperativa se definen como una clase social diferenciada.[15]

Los miembros de la cooperativa, también llamados socios, son los únicos productores legalmente reconocidos y comparten la propiedad colectiva de los terrenos y activos industriales de la institución, así como su gestión. Para ser socio, un trabajador debe cumplir cuatro requisitos: completar un período de prueba como jornalero al servicio de un socio, obtener la aprobación de los miembros de la sección, inscribirse en la seguridad social y abonar la cuota de socio a la cooperativa. El periodo de prueba, que dura entre dos y cuatro años, permite a los socios adquirir la experiencia necesaria para gestionar todo el ciclo de producción, desde la localización del yacimiento hasta su extracción y comercialización. En caso de ser aceptado, el futuro socio empezará a ahorrar el monto de su aporte al capital de la cooperativa, que en 1998 estaba fijado entre los 1000 y los 5000 dólares estadounidenses. Además, debe pagar un derecho de entrada de 200 a 500 dólares.[15]

A principios de la década de 2000, unos 12 000 mineros organizados en cooperativas buscan metales distintos de la plata, como zinc, estaño, plomo, cobre, hierro, antimonio, cadmio, tungsteno, manganeso y bismuto, además de arsénico, que se exporta a los mercados asiáticos. Sus condiciones laborales, ya que siguen utilizando barra de hierro, martillos y dinamita, siguen siendo extremadamente duras. Además de la silicosis, que está destruyendo los pulmones de los mineros de mayor edad, el peligro de derrumbe es constante. La Administración del Seguro Social registra alrededor de treinta muertes al año en las minas de Potosí.[10] El salario de un minero cooperativista es muy variable. En el Cerro Rico, los trabajadores suelen ganar alrededor de 7000 a 8300 Bs mensuales (unos 1000 dólares), una cifra superior al salario mínimo nacional que ronda los 500 dólares.[20]

Con una parte de los ingresos obtenidos por la venta del mineral (aproximadamente el 13 % en 2025), los miembros de la cooperativa pagan una tasa minera, contribuyen al fondo de pensiones y de seguro médico y arriendan las minas al Estado. También administran los bienes compartidos: edificios administrativos, una planta rudimentaria de procesamiento de mineral, vehículos y la infraestructura básica de producción de las minas. Sin embargo, las cooperativas no organizan la producción que es controlada individualmente por sus miembros —quienes deciden si contratan o no trabajadores— ni gestionan la comercialización del mineral. Hoy en día, el mercado es libre y los mineros eligen a sus compradores,[13] [21]

Las mujeres y las obras mineras

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Como una mujer palliri, la viuda de un minero recicla los escombreras en busca de minerales (1992).

A pesar de la naturaleza aparentemente masculina del trabajo minero, las mujeres representan una parte significativa de la fuerza laboral minera. Desde al menos la época incaica, las personas eran asignadas a esta tarea en parejas. Posteriormente, en el siglo XVI, los conquistadores españoles instauraron el trabajo forzado (mita) de los indígenas en las minas de plata de Potosí. Si bien este reclutamiento obligatorio solo se aplicaba a los hombres, las esposas y los niños acompañaban su migración a Potosí, donde ayudaban con la clasificación y el transporte del mineral. Sin embargo, desde finales del siglo XIX en adelante, la intensificación de la demanda internacional de estaño llevó a la incorporación generalizada de las mujeres a la fuerza laboral minera. Como en la época colonial, su trabajo consistía principalmente en clasificar y procesar el mineral, tanto dentro como fuera de las minas. Es probable que algunas de ellas también participaran en la perforación.[22]

Hoy, tras la caída de los precios de los minerales y el cierre de las minas estatales a mediados de la década de 1980, el número de mujeres que trabajan en las minas ha disminuido considerablemente, aunque muchas siguen trabajando en la minería a cielo abierto. La mayoría recicla los escombros, mientras que otras barren el mineral que cae en la plataforma de relaves durante el transporte. A estas se las conoce como mujeres palliris. En cuanto a las viudas de los mineros, tienen derecho a utilizar un espacio de trabajo de la cooperativa a la que pertenecían sus maridos.[22]

En las minas de Potosí, como en la mayoría de los centros mineros de la cordillera de los Andes, la tradición dicta que las mujeres no deben entrar. Sin embargo, en las cooperativas mineras no existe ninguna normativa que lo prohíba. Esta exclusión es, por lo tanto, principalmente una cuestión de costumbre y sincretismo. Para los mineros, las mujeres son sinónimo de mal agüero o mala sombra. En otras palabras, según esta creencia, la presencia de mujeres en las minas puede influir en la calidad de las vetas de mineral, su desviación o su agotamiento. Pero ser un banco ñawi, como dicen los mineros, no refleja necesariamente una intención consciente de hacer daño; esta desgracia suele estar ligada a la personalidad de la persona desafortunada. La razón de la desaparición de las vetas de mineral en presencia de mujeres se reduce, en última instancia, a una historia de celos femeninos entre la mina y las mujeres. Pues los mineros de Potosí consideran a su montaña como una mujer a la que desfloran con su trabajo, fertilizan con sus ofrendas y de la que extraen el mineral cada día. Esta imagen femenina de la montaña se confunde con la Pachamama, la deidad andina asociada a la fertilidad de la tierra, y con el simbolismo de la actividad minera profundamente imbuido de lógica agrícola.[22]

La transmissón temprana del oficio

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Joven jornalero potosino con sus lámparas de carburo (1992).

Existen dos vías principales para convertirse en minero en Potosí: la migración desde las zonas rurales o el nacimiento en una familia de tradición minera. Para esta última clase social, las circunstancias que propician la entrada temprana de los niños en la mina suelen estar ligadas a necesidades económicas. Además, el reglamento de las cooperativas no prohíbe explícitamente el trabajo infantil; a menudo, los niños comienzan a ayudar a sus padres durante las vacaciones escolares a partir de los diez años: los chicos en el interior de la mina junto al padre, y las chicas en el exterior con las palliris. Al llegar a la adolescencia, tras finalizar la escolarización obligatoria, son muchos los que abandonan los estudios para dedicarse a la minería.[23]

En muchos casos, la desaparición prematura del padre, consumido por la silicosis o víctima de un accidente, condena a los jóvenes descendientes a quedar atrapados en la mina durante largo tiempo. Presionados por la necesidad económica de mantener a la familia, pero también por la lógica de la tradición minera que implica el sacrificio del padre en pos de un sueño de riqueza, rechazar esta herencia no es realmente una opción para los muchachos. Porque, desde muy temprana edad, estos aspiran a salir del ámbito doméstico y femenino para compartir con sus padres la mina, la camaradería y las salidas entre hombres tras la jornada laboral. De este modo, la figura del minero ofrece a los jóvenes un modelo de lucha tenaz y virilidad, forjado a través del esfuerzo físico y el desafío al peligro.[23]

Las figuras del sincretismo minero

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Al igual que los trabajadores de hoy, los mineros de los primeros años de la colonia veneraban las montañas, sus minas y sus riquezas (wak'as). Todos estos cultos, que combinaban la idolatría con el inquietante secreto del mundo subterráneo, resultaban particularmente diabólicos para los evangelistas. En los escritos de los cronistas, los tormentos de las almas de los indígenas infieles se unen a los de los cuerpos sometidos a las condiciones inhumanas de la minería subterránea para dar a la mina de Potosí su dimensión como la "boca del infierno". Hoy en día, la montaña ya no aparece directamente en los rituales de los mineros. Su imagen ha sido distorsionada por la Pachamama, la Virgen, el Tío y los tataq'aqchus (cruces de las minas) a quienes ahora se dirigen los trabajadores. Los mineros los alimentan con sacrificios y ofrendas como muestra de su devoción. De lo contrario son castigados con la desaparición de las vetas, la aparición de enfermedades como neumonía o incluso accidentes fatales.[24]

La Pachamama y la Virgen

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La Virgen del Cerro (1720). Museo de la Casa de Moneda en Potosí.

La Pachamama está estrechamente asociada con las deidades andinas de las montañas. Estas deidades son las principales destinatarias de los rituales que realizan los campesinos, quienes las consideran las ancestras protectoras de sus linajes y guardianas de los rebaños y de la riqueza mineral que albergan. Sin embargo, la identificación de una montaña, el Cerro Rico, con Pachamama es específica de Potosí. En otros centros mineros, tanto ella como la montaña son invocadas como entidades distintas.[25]

Los mineros la reconocen con una apariencia distinta según el contexto en que se la invoca. En sus manifestaciones visibles, sobre todo en sueños, la Pachamama siempre es una figura femenina. En el campo, adopta los rasgos y la indumentaria de una campesina, de una señora de "vestido" en el centro de Potosí o de una chola de pollera en los barrios mineros. Para los mineros, que la llaman cariñosamente "Vieja", su vientre fértil hace crecer el mineral y los protege de los peligros del trato con el mundo subterráneo. Es a la Pachamama a quien, antes de empezar a trabajar, ofrecen sus mejores hojas de coca.[25]

Para los españoles, María era una figura idónea para reemplazar a la wak'a del Cerro Rico. Por ello, desde los primeros años de las operaciones mineras, construyeron altares dedicados a la Virgen de la Concepción en la montaña. Al igual que la montaña de Potosí, Pachamama también fue asociada con la figura de la Virgen por los españoles, quienes ansiaban cristianizar su culto.[24] Asimismo, los mineros también invocan a la Pachamama de Potosí con los nombres de "Virgen" y "Nuestra Señora", cuya imagen se encuentra en la entrada de las minas. Su cariñoso apodo "Mamita" alude tanto a la maternidad divina como al poder fecundador de la Pachamama. Casi todas las secciones tienen una estatua de la Virgen cerca de la entrada de la mina, generalmente en la casa de los guardas.[24]

Algo de la identidad propia de las minas de Potosí, parcialmente subyugada por la Pachamama y la Virgen, aún pervive hoy. Se manifiesta en las enfermedades causadas por la montaña. Así, se acusa a la montaña de devorar los corazones de los mineros. Este devorador toma la forma de una deidad aimara llamada Mallku. En la región de Potosí, Mallku representa el espíritu masculino y la fuerza de las montañas, una presencia poderosa en las alturas, encarnada por el cóndor. Sin embargo, esta figura no es la única evocación de la dimensión masculina de la montaña; El Tío, el esposo de la Pachamama, también la encarna.[24]

El Tio, el zorro y los tataq'aqchus

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Ofrendas al Tío (1992). Una figura emblemática de las minas de Potosí.

El diablo que ronda los socavones es la figura emblemática de las minas bolivianas. Minero rico y poderoso, es el patrón de los mineros de Potosí. Despierta la imaginación de la sociedad boliviana que le atribuye la identidad social específica de los mineros. Llamado indistintamente supay, diablo o maestro, el Tío es a la vez el más diabólico y el más sociable de todos los saqras. El verdadero jefe de la mina, el Tío, está a su vez en deuda con los hombres que lo apoyan con sus ofrendas a cambio de su cooperación. Los términos aparentemente contradictorios de jefe, capataz y peón, que los mineros usan para dirigirse al Tío, evidencian una dependencia mutua en cuanto a la relación de producción.[26]

En cada mina hay varias efigies del Tío. Cada cuadrilla tiene la suya, cerca de su lugar de trabajo, y una de mayor tamaño suele ocupar la galería principal. La complejidad y los rasgos distintivos de cada representación dependen de su creador; algunas son verdaderas obras de arte. El rostro del Tío, ennegrecido por el humo del cigarrillo cuyas cenizas se acumulan en su pecho, y las ofrendas de hojas de coca esparcidas con pequeñas botellas de alcohol y colillas, dan testimonio de la profunda devoción de los mineros a esta figura.[26]

El Tío puede aparecerse en sueños a los mineros para revelarles la ubicación de vetas ricas; pero también puede engañarlos para devorarlos. Estos encuentros son una oportunidad para que los mineros que lo deseen hagan un pacto personal con él. En todos los casos, los trabajadores enfatizan la naturaleza eminentemente humana de estas apariciones; el Tío aparece con forma humana, según quienes lo han visto: alto, rubio, de ojos claros y bien parecido, a menudo se le describe como un gringo apuesto, la belleza del diablo. El Tío es también una fuerza animante. Es él quien transmite a los mineros la fuerza y el coraje para afrontar cada día su ardua lucha contra la montaña. El consumo de alcohol, considerado como la orina del Tío, desempeña un papel esencial en esta transmisión.[27]

En la tradición oral de los países andinos, el Tío es a menudo el nombre que se le da al zorro, figura central en los cuentos populares quechuas. Depredador vinculado al mundo salvaje y a los espíritus de la montaña, el zorro encarna un carácter inquieto, glotón, seductor, astuto y engañoso. En este sentido, resulta tentador ver también una conexión con las prácticas clandestinas de los kajchas, tan astutos como zorros y "ladrones honestos" .[27]

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El Cerro de Potosí con una cruz cristiana en su cumbre (siglo XVII).

Los tataq'aqchus son cruces sagradas veneradas por los mineros bolivianos (especialmente en Potosí). Están decoradas con terramientas y ropa de mineros. Estos objetos de devoción desempeñan un papel cultural y ritual fundamental en el mundo minero. Como protectores de los mineros, también pueden influir en la producción. Las cruces que custodian las entradas a las minas son los alter egos del diablo subterráneo, al que se oponen y con el que se fusionan. Estas dos figuras emblemáticas de las minas de Potosí también están vinculadas por el calendario ritual. El martes y el viernes son los días de las ch'allas subterráneas a los tíos y la ocasión para que los trabajadores enciendan velas a los tataq'aqchus. De igual modo, el ciclo de Carnaval celebra tanto a las cruces de las minas como a los tíos.[26]

Al igual que la Virgen María, la presencia de las cruces de las minas tiene su origen en la política española de cristianizar el paisaje. La iconografía atestigua que se erigió una cruz en la cima del Cerro Rico en los primeros años de la colonización. Aunque ya no existe, la colina aún conserva los restos de dos capillas coloniales, cuyas naves están adornadas con una cruz de madera.[26]

El consumo ritual de la coca

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En las minas de Potosí, la jornada laboral que suele durar entre seis y diez horas (aunque a veces mucho más) se ve jalonada por varias pausas rituales denominadas acullico. La primera es la única que se realiza fuera de la mina y marca el inicio del trabajo. Reunidos cerca de la entrada, los mineros dedican aproximadamente una hora a preparar un bolo de hojas de coca (pijchu). Mezclada con un poco de llipta, esta mezcla aporta energía para la labor y calma el hambre. Es el momento en que los hombres se reparten las tareas e intercambian bromas. Sin embargo, el acullico es también un momento privilegiado para interpretar presagios: una coca amarga es mal augurio, una hoja ondulada que cae al suelo anuncia dinero y unas estrías amarillas evocan dólares. A veces, estas hojas cargadas de significado reciben libaciones de alcohol, y las mejores se reservan para enterrarlas en el lugar de trabajo u ofrecerlas al Tío. Los efectos beneficiosos del bolo de hojas de coca duran entre tres y cuatro horas, tras las cuales se renueva tantas veces como sea necesario.[23]

La preparación del mineral

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Tras la extracción del mineral (perforación con palanca, fracturación mediante voladura y transporte), la cadena de procesamiento de minerales comprende fases de clasificación, trituración, molienda y lavado. Estas cuatro acciones se repiten y entrelazan según la naturaleza del mineral y la cantidad de ganga, las técnicas de extracción empleadas y los procesos metalúrgicos que se aplicarán posteriormente. El objetivo es proporcionar al mineral la calidad y las dimensiones adecuadas para su transformación en metal.[28]

Si bien la introducción de la amalgamación en Potosí por los españoles en 1572 alteró profundamente las prácticas mineralógicas —ya que requirió la producción de polvo de mineral para aumentar el contacto con el mercurio—, todas las técnicas de la cadena de enriquecimiento del mineral de cobre, estaño y zinc se utilizan todavía en las minas de Potosí. Estas técnicas se remontan al período precolonial y ponen de manifiesto cómo los incas probablemente continuaron "controlando" todas las técnicas de producción de metales preciosos durante unos treinta años después de la llegada de los colonizadores.[29]

Además de la palanca o el mazo, la herramienta más emblemática de esta técnica tradicional de preparación de minerales es, sin duda, el quimbalete. Se trata de una enorme piedra de moler a medio moler, en la que se incrustan dos barras de hierro que sirven de asas y permiten un movimiento de balanceo impulsado únicamente por la fuerza humana. Colocado sobre una superficie plana, este dispositivo produce una molienda que, si bien es irregular, no afecta significativamente la fundición del mineral.[28]

Sin embargo, no todos los materiales extraídos requieren procesamiento en el quimbalete. Los minerales masivos con poca o ninguna ganga pueden enviarse a las fundiciones tras ser triturados a mano hasta obtener el tamaño adecuado. En cuanto al molino rotatorio manual (accionado por agua o tracción animal), introducido por los españoles ya en 1572, produce un polvo de mineral similar a la harina mediante molienda, antes de lavar y destilar la amalgama.[28]

Las distintas fases del procesamiento artesanal de minerales previas a la fundición (1992).
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Economía

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En las montañas andinas de lo que ahora es Bolivia, había un montículo de plata tan grande que convertiría una aislada aldea inca en la cuarta ciudad más grande del mundo cristiano en sólo 70 años, financiaría la creación del complejo industrial más avanzado de su época y definiría las fortunas económicas desde China hasta Europa occidental.

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Panorama de la Villa Imperial de Potosí en 1758 por Gaspar de Berrío.

En su apogeo, a principios del siglo XVII, 160 000 nativos, esclavos de África y colonos españoles vivían en Potosí, una población mayor que la de Londres, Milán o Sevilla en ese momento. A los pocos años del "descubrimiento" español de las minas, la plata de América comenzó a cruzar el Atlántico, pasando de unos modestos 148 kilos al año en la década de 1520 a casi tres millones de kilos al año en la década de 1590. En la historia económica del mundo nunca antes había ocurrido nada de esta escala.[6] La inmensa riqueza del Cerro Rico y la intensa explotación a la que lo sometieron los españoles hicieron que la ciudad de Potosí creciera de manera asombrosa. La fama de su riqueza fue tan grande que Miguel de Cervantes en su obra Don Quijote de la Mancha dice: "Si yo te hubiera de pagar [...] el tesoro de Venecia, las minas del Potosí fueran poco para pagarte".[30]

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El anverso y el reverso de un real de a ocho, también llamado columnario y acuñados en Potosí.

Hay monedas que hacen historia, pero pocas se comparan con una de las más famosas de todos los tiempos: el real de a ocho. Fue la primera moneda verdaderamente global. En Potosí, se producía en enormes cantidades y, a los 25 años de su primera acuñación en la década de 1570, se había extendido por Asia, Europa, África y América, estableciendo un dominio global. Conocida también como el "peso de ocho reales", fue por tres siglos la moneda de reserva, y se estima que en el siglo XVIII, el 50 % de todo el dinero en circulación en el mundo era en real de a ocho. Solo fue sustituido en el siglo XIX por la libra esterlina y desde mediados del siglo XX por el dólar estadounidense. El Real de a ocho tenía unos 40 milímetros de diámetro y pesaba unos 27 gramos, 25 de esos gramos eran plata.[6]

Hoy en día, la economía potosina tiene como producto nominal los minerales, cuya explotación, tanto en el pasado como actualmente, han sido los productos más notables y quizá conocidos. Actualmente la minería ha incrementado su valor de exportaciones netas en 4006 %, pero con gran disminución en su tonelaje (el valor de las exportaciones aumentaron por el incremento del precio; mas no así por el incremento de sus cantidades).[cita requerida]

Potosí es uno de los mayores centros explotadores de estaño y plata. Actualmente se gestan grandes proyectos de concentración de minerales de baja ley (sobre todo desechos de plata, acumulados desde épocas coloniales) y derivados, San Bartolomé, a cargo de la empresa Manquiri, y explotación de la parte sur del país, a cargo de la empresa Sinchi Wayra. Potosí es conocido por sus grandes reservas mineralógicas en explotación, El salar de Uyuni, la mayor reserva de litio y no-metales del mundo, con pequeñas empresas de explotación manual, y centros mineros concentrados en la ciudad y en algunas provincias cercanas.

La Casa de la Moneda en Potosí

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Escenografía del Museo de la Casa de la Moneda que muestra el proceso ancestral de fundición del mineral.

Después de la extensión de la ciudad de La Plata y obtenido el título de Villa Imperial en 1561 a través de la Capitulación con el Virrey del Perú, la economía local se había acrecentado enormemente, situación que motivó al 5º Virrey del Perú don Francisco de Toledo a disponer su establecimiento para facilitar el comercio y las transacciones mineras.

En 1572 fue creada en Potosí la Casa de la Moneda de Bolivia, institución dedicada a labrar o fabricar monedas con la plata que se extraía del Cerro Rico. Un segundo edificio fue construido en 1759 y tiene una superficie de 7530 m². En plena construcción, entre 1767-1773 acuña la moneda columnaria de plata. Una vez concluida su edificación en 1773 acuña la moneda de Busto. Por mandato del rey se ordenó acuñar monedas de oro con la efigie de Carlos V. llamada también El Escorial de América, la casa de la moneda fue declarada por la Unesco, al igual que toda la ciudad, como Patrimonio de la Humanidad.

Turismo

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Una visita a las minas de Potosí es prácticamente imprescindible, aunque se desaconseja encarecidamente a quienes sufren claustrofobia o se fatigan fácilmente con la falta de oxígeno. Debido a la actividad sísmica, la temperatura en el interior alcanza fácilmente los 30 °C y la atmósfera es casi irrespirable. Sin mencionar los gases tóxicos generados por las explosiones. Las visitas guiadas son organizadas por agencias en colaboración con cooperativas mineras, y cada agencia destina una parte de la tarifa del turista a la cooperativa. Sin embargo, cabe destacar que estas visitas son controvertidas debido a las condiciones laborales de los mineros. Se asemejan claramente a una forma de turismo de la desolación.[31]

El auge del turismo ha llevado a los mineros a adaptar su discurso y creencias respecto a las mujeres, de quienes se considera que su presencia en la mina perjudica la producción. La cálida bienvenida que suelen recibir se explica por la supuesta existencia de una conexión especial con las deidades de la riqueza. En otras palabras, y de forma más general, la opulencia de los gringos, sean hombres o mujeres, alimenta las fantasías de los mineros: ¡hay que ser millonario para pasar la vida de vacaciones! Quizás, entonces, los visitantes extranjeros posean uno de esos secretos particularmente efectivos que les permite ganarse el favor de los amos de las riquezas del mundo, ¡y por lo tanto, del Tío! Porque, como el gringo tiene dinero, debe tener suerte.[32]

Galería de imágenes

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Escenas de la vida cotidiana en los alrededores de las minas de Potosí (1992).
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Venta de hojas de coca en el mercado minero de Potosí.
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Lo necesario para extraer el mineral.
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Transporte de cooperativistas en las calles de Potosí.
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Subir a la mina a más de 4 500 metros.
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Anciano masticando hojas de coca con llipta (acullico).

Véase también

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Notas y referencias

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Bibliografía

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