Ir al contenido

Biocentrismo

De Wikipedia, la enciclopedia libre

El biocentrismo (del griego βιος, bios, «vida»; y κέντρον, kentron, «centro») es un término aparecido en los años 1970 para designar a una teoría moral que afirma que todo ser vivo merece respeto moral. Asociado en sus orígenes con la ecología profunda o ecologismo radical, el biocentrismo pretende reivindicar el valor primordial de la vida. Esta teoría plantea que el criterio de la consideración moral son el cumplimiento de las funciones vitales.

Propone que todos los seres vivos tienen el mismo derecho a existir, a desarrollarse y a expresarse con autonomía y merecen el mismo respeto al tener el mismo valor. Aboga que la actividad humana cause el menor impacto posible sobre otras especies y sobre el planeta en sí. Dadas sus características, es una filosofía contraria al teocentrismo y antropocentrismo. El biocentrismo explica que lo que percibimos como realidad es un proceso que exige la participación de la conciencia. Funda su ideario en los conceptos de interacción, la coevolución, la complejidad de las relaciones entre las especies, la no discriminación, el trato con los animales, la cultura de lo vivo, la interactividad de los sexos, la democracia participativa, la agricultura ecológica y el uso de las energías renovables.

A partir de este concepto, surgen críticas ya que como se mencionaba, el biocentrismo sostiene que una entidad puede ser moralmente considerable solo si está viva. Así pues se intenta dar respuesta a si los criterios establecidos son pertinentes o no.

Para empezar, pondré el ejemplo de nos están torturando y nos comunican que nos torturarán por el resto de nuestras vidas. En este caso, preferiríamos morir por lo que el motivo en el que valoremos nuestras vidas radica en las experiencias no en el mero hecho de estar vivos o no.

A continuación, y relacionada con el mismo valor que le da el biocentrismo a la vida, se propone el ejemplo de un animal sintiente que sufre una enfermedad bacteriana mortal, la cual puede ser curada con antibióticos.

Esta posición dejaría morir al animal sintiente, pues los microorganismos son entidades vivas y al ser un número mayor tiene más relevancia sobre el animal.

Modos de defensa del biocentrismo

[editar]

Existen distintas maneras de defender el biocentrismo. En primer lugar, se puede sostener una teoría del bienestar de la lista objetiva. Es decir, una teoría donde se postule una serie de cosas que tienen valor positivo. En este caso, la vida en sí misma tendría valor positivo.

En segundo lugar, se puede postular que todo ser vivo debe ser considerado moralmente, porque son los seres vivos quienes pueden perjudicarse o beneficiarse. Aquí se plantea que lo fundamental para clasificar a una entidad como considerable moralmente o no, es si esta entidad puede perjudicarse o beneficiarse. Perjudicarse se puede entender como recibir desvalor, es decir, valor negativo. De este modo, se puede decir que estas entidades son perjudicadas. Por el otro lado, una entidad se beneficia al recibir valor positivo. Asimismo, las únicas entidades receptoras de valor son los seres vivos, porque solo estas pueden ser perjudicadas o beneficiadas.

Otro modo de defender el biocentrismo es postulando que el criterio de la consideración moral en realidad es la autopoiesis, es decir, la capacidad de una entidad de tener una existencia autónoma y auto reproducir su propia estructura. De este modo, se defiende la consideración moral de todo ser vivo, porque la vida permite cumplir con el criterio de consideración moral. Es decir, solo un ser que tenga vida puede tener la capacidad de autopoiesis.

Finalmente, también se puede hacer una defensa del biocentrismo sin tomar en cuenta el valor. Por ejemplo, se puede plantear como un mandato deontológico considerar moralmente todo aquello que posea vida. En este caso no interesa el valor en sí mismo de la vida o si es valiosa para los seres que la poseen, simplemente se debe respetar porque es un deber. Asimismo, se puede defender este mandato mediante una ética del carácter. En este caso, se puede plantear que una actitud de respeto ante la vida es un rasgo del carácter virtuoso.

Principio Biocéntrico

[editar]

El principio biocéntrico se define como una noción ética y filosófica que identifica la vida como el valor central y organizador del universo. Se plantea que todas las formas de vida poseen un valor intrínseco, más allá de la utilidad para el ser humano.[1] A diferencia de algunos enfoques antropocéntricos, el biocentrismo sostiene que la existencia humana es sólo una entre muchas en la amplia red interdependiente de la vida en la Tierra.[2][3]

Este principio involucra un gran cambio en la ética contemporánea, al desplazar la atención desde una moral centrada solamente en lo humano hacia una ética de respeto y responsabilidad con todas las formas de vida. Como lo señala el filósofo noruego Arne Naess, quien fue precursor de la ecología profunda, “la igualdad biosférica de derechos reconoce el valor inherente de todos los seres vivos, independientemente de sus propiedades instrumentales”.[2]

En el área de las humanidades y las ciencias sociales, Rolando Toro Araneda el principal personaje responsable de desarrollar el principio biocéntrico. Toro propuso que “la vida es el eje estructurador del universo y debe ser el criterio de validación de todo conocimiento, institución o comportamiento humano”.[3] Desde esta perspectiva, el principio biocéntrico además de informar las relaciones éticas con la naturaleza, propone una reeducación afectiva basada en la conexión empática con la vida, la afectividad, y la integración cuerpo-mente.

El principio biocéntrico también ha sido mencionado en diferentes contextos como la ética ambiental, el pensamiento ecofeminista y la pedagogía ecosocial, con aplicaciones que van desde la conservación de ecosistemas hasta la educación emocional y comunitaria. La UNESCO, en su Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos, promueve una visión que converge con este principio al sostener que la vida humana y otras formas de vida deben ser tratadas con respeto.[4]

Sesgo andro-antropocéntrico

[editar]

El sesgo andro-antropocéntrico es una categoría crítica que surge en el cruce entre el feminismo, los estudios críticos animalistas y las epistemologías decoloniales. Desde una perspectiva feminista biocéntrica, este sesgo se refiere a la doble centralidad otorgada tanto al varón como a la especie humana como medida universal de lo que se considera valioso, racional y digno de representación. Esta visión dualmente jerarquizada margina a las mujeres y a las identidades no binarias y consolida una ontología de dominación sobre los animales no humanos, los ecosistemas y las formas de vida no occidentales. Mientras el feminismo ha denunciado históricamente el androcentrismo como una forma de exclusión epistémica y material de las mujeres, el antropocentrismo añade una segunda capa de dominación: la idea de que solo los humanos (y en particular los varones blancos, cisgénero y propietarios) encarnan la racionalidad, la agencia política y el derecho a la explotación de lo "otro". De esta manera, el sesgo andro-antropocéntrico reproduce lógicas patriarcales, coloniales y especistas, desvalorizando tanto las subjetividades femeninas y queer como las de otros seres vivos no humanos, reducidos frecuentemente a recursos, símbolos o simples objetos de estudio. [5]

Esta crítica se extiende a ámbitos como la bioética, donde la experimentación animal sigue justificándose en paradigmas humanocéntricos que invisibilizan el trabajo reproductivo de las mujeres y la dependencia del capitalismo de la naturaleza.[6] Investigaciones recientes han demostrado que los sistemas de inteligencia artificial replican este doble sesgo, entrenados en datasets que privilegian voces masculinas y perspectivas utilitaristas sobre la naturaleza, lo cual demuestra la persistencia de jerarquías naturalizadas en estos entornos tecnológicos avanzados.[7] El feminismo biocéntrico propone una ética relacional que cuestiona las dicotomías cultura-naturaleza y humano-no humano, reivindicando alternativas como el ecofeminismo situado o el pensamiento chthulucénico propuesto por Donna Haraway (2016), que reconoce las interdependencias entre especies y la agencia de lo más-que-humano.[8]

Ética relacional y critica al dualismo naturaleza-cultura

[editar]

La ética relacional, enmarcada dentro del feminismo biocéntrico y en diálogo con corrientes ecofeministas, constituye una propuesta filosófica y política que cuestiona los fundamentos del dualismo naturaleza-cultura. Este dualismo, históricamente vinculado al pensamiento occidental, ha sostenido estructuras de dominación como el patriarcado y el antropocentrismo, al asociar lo femenino con la naturaleza (lo pasivo, irracional y explotable) y lo masculino con la cultura (lo racional, activo y dominante). En este contexto, el feminismo biocéntrico denuncia el sesgo andro-antropocéntrico, una forma de pensamiento que jerarquiza y separa al sujeto varón-humano del resto de los cuerpos considerados “otros”, como mujeres, animales y ecosistemas.[5]

En oposición a esta lógica de exclusión y dominio, el feminismo biocéntrico plantea una ética relacional que reconoce el valor intrínseco de todas las formas de vida y promueve una comprensión interconectada del mundo. Esta visión crítica también alcanza a la ciencia moderna, vista como un dispositivo históricamente masculinizado que ha contribuido a la instrumentalización de lo viviente. Frente a ello, se propone una producción de conocimiento más situada, empática y sostenible, orientada a prácticas que respeten la diversidad biológica y cultural.[9]

Críticas al biocentrismo

[editar]

Existen distintos argumentos y visiones que contradicen el criterio de la consideración moral biocentrista, a saber, poseer vida. Una de las críticas cuestiona la concepción del bienestar del biocentrismo. Es decir, se critica que la vida tenga valor positivo en sí mismo. Para esto se puede proponer una situación donde un individuo se encuentra secuestrado por un grupo de torturadores que le hacen sufrir de la peor manera durante toda su vida. En este caso, estar vivo no es algo positivo, porque solo se experimenta puro sufrimiento. De esta manera, se concluye que la vida no tiene valor en sí mismo. Lo que le da valor a la vida son las experiencias que esta nos permite tener. De este modo, lo que tiene valor son las experiencias y es en virtud de esta que la vida posee valor. Por lo tanto, no tendríamos consideración moral con cualquier ser vivo, sino con aquel que posea experiencias. Es esta capacidad de poseer experiencias la que posibilita la capacidad de un individuo de sufrir o beneficiarse. Por ejemplo, una planta no sería considerable moralmente al no tener la capacidad de poseer experiencias.

Otra crítica resalta el conflicto que existe entre entidades sintientes o no sintientes. Por ejemplo, se puede postular el caso de un perro con una enfermedad mortal por infección bacteriana. La única manera de salvarlo es mediante el consumo de antibióticos, que eliminarían a las bacterias. Una posición biocentrista defendería la vida de las bacterias ante la vida del perro. Se salvaría miles o millones de vidas sobre una. Sin embargo, esto va en contra de lo que consideramos para nuestras decisiones morales. En este caso nadie aceptaría salvar millones de bacterias sobre un perro, porque esas bacterias no poseen la capacidad de sintiencia y el perro sí. Esta capacidad de sentir es la que hace que una entidad posea experiencias positivas o negativas y, consecuentemente, que sufra un perjuicio o disfrute un beneficio. Así, se demuestra que el criterio de la consideración moral no es la vida como tal, si no la capacidad de sentir.

Combinación con el antropocentrismo

[editar]

Como sucede con muchas teorías éticas, el biocentrismo puede verse combinado o subordinado al antropocentrismo. El antropocentrismo es la posición que prioriza los intereses de los individuos que pertenecen a la especie humana. De este modo, el biocentrismo puede defender toda clase de ser vivo, como diversos animales no humanos o plantas, pero dando una prioridad o consideración especial a los seres humanos. Así, en caso de conflicto entre un ser vivo o conjunto de seres vivos con algún interés humano, este último primará sobre los anteriores.

La consecuencia de esto es que en la práctica, las políticas o acciones biocentristas sean más escuetas o tengan un rango más limitado. Ya que se defendería todo ser vivo hasta que esto suponga un perjuicio para algún interés humano.

Véase también

[editar]

Bibliografía

[editar]
  • Bill Devall y George Sessions, extraído por Farid Azael de "Trascender el Ego", editado por Roger Walsh y Frances Vaughan, revisado por H. Hieronimi y Marina Ortiz, noviembre de 2008.

Referencias

[editar]
  1. Sanz, Josefina. Feminismo y Principio Biocéntrico.
  2. 1 2 Naess, Arne (2005). The Shallow and the Deep, Long-Range Ecology Movement.
  3. 1 2 Toro Araneda, Rolando (2014). Cecilia Toro Acuña, ed. El principio biocéntrico. Santiago de Chile: Cuarto Propio. ISBN 978-956-260-695-0.
  4. «Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos». unesdoc.unesco.org. Consultado el 24 de mayo de 2025.
  5. 1 2 Combina, Francisco (2022). Sujeto, objeto e ideología. El sesgo especista antropocéntrico en teoría social desde las categorías de Adorno..
  6. Puleo, Alicia (2011). Ecofeminismo para otro mundo posible.
  7. Pisker, Barbara (2023). Gender Bias in Artificial Intelligence. Sistematic Review of the Literature. doi:10.18080/jtde.v11n2.690.
  8. Puleo, Alicia (2017). Perspectivas ecofeministas de la ciencia y el conocimiento La crítica al sesgo andro-antropocéntrico. doi:10.6018/daimon/290751.
  9. Zuloaga, Martha Llanos (2023). «La educación biocéntrica, propuesta de una visión humanista». Educa-UMCH (21): 159-180. Consultado el 24 de mayo de 2025.