RESUMEN
La Ley No. 140-15 sobre el Notariado en la República Dominicana nace como
respuesta a la necesidad de modernizar un sistema jurídico notarial que databa
de 1964. En un contexto de crecimiento económico y apertura comercial, el
país requería una legislación más actualizada y ajustada a los estándares
internacionales. Esta ley regula de forma integral el ejercicio del notariado,
considerando la importancia de la seguridad jurídica y el rol esencial que
cumplen los notarios en la vida legal y económica del país.
Uno de los pilares fundamentales de la ley es que el notariado se considera un
asunto de orden público e interés social, y se rige bajo el modelo latino, que
promueve la imparcialidad, la legalidad, la ética, la profesionalidad y la no
discriminación. El notario es un oficial público con fe pública delegada por el
Estado, lo que significa que sus actos tienen presunción de veracidad y validez
legal, a menos que se pruebe lo contrario. Su función es vitalicia, salvo en los
casos establecidos por la ley, como la incapacidad física o mental, la
destitución o la renuncia.
La ley también instituye formalmente el Colegio Dominicano de Notarios
(CODENOT) como una entidad autónoma con personería jurídica propia, con
sede en Santo Domingo y delegaciones en todo el país. CODENOT tiene a su
cargo la organización y supervisión del gremio, además de una Escuela
Nacional de Capacitación Notarial (ECANOT) para la formación continua de los
notarios. Este colegio vigila el cumplimiento ético, capacita a los notarios y
asesora al Estado en materia notarial.
Para ser notario, es obligatorio ser dominicano, abogado con al menos cinco
años de ejercicio, haber superado una formación especializada y las pruebas
que disponga la Suprema Corte de Justicia. Los notarios solo pueden ejercer
dentro del territorio asignado, en una única oficina debidamente registrada. Se
les prohíbe actuar fuera de su jurisdicción, intervenir en actos donde tengan
intereses personales o familiares, y ejercer funciones notariales mientras
desempeñen cargos públicos, judiciales o electivos.
Las actas notariales son los documentos oficiales que redactan y conservan
los notarios. Estas deben cumplir requisitos estrictos de forma, claridad y
contenido, deben estar firmadas por todas las partes involucradas, el notario y
los testigos si fueran requeridos. Las actas también pueden redactarse
electrónicamente, y la ley reconoce el uso de firmas digitales, sujeto a
reglamentación especial.
El protocolo notarial es el archivo anual donde se registran todas las actas.
Este debe estar perfectamente foliado, encuadernado y resguardado por el
notario, bajo la supervisión del Colegio de Notarios, la Suprema Corte de
Justicia y el Archivo General de la Nación. Asimismo, se establece un Libro
Índice y se exige la presentación anual del mismo ante la Suprema Corte para
su revisión.
En caso de muerte, suspensión o destitución del notario, el protocolo debe ser
entregado bajo inventario y eventualmente se subasta, reservando el producto
de la venta entre el Estado, el municipio y los herederos del notario. Durante
este proceso, se garantiza que los documentos sean accesibles solo a
personas con interés legítimo, para preservar la confidencialidad y seguridad
jurídica.
La ley define también las actuaciones exclusivas del notario, como levantar
actas de embargo, desalojos, protesto de cheques, y otros actos que requieren
fe pública. Para estas actuaciones se exige siempre la presencia de dos
testigos, bajo pena de nulidad.
En cuanto a la supervisión, la ley le otorga a la Suprema Corte de Justicia la
facultad de vigilar el correcto ejercicio de la función notarial, auxiliada por el
Consejo del Poder Judicial y los procuradores fiscales. Las quejas o denuncias
presentadas contra notarios deben canalizarse primero a través del Colegio de
Notarios, que evalúa su seriedad antes de elevarlas a la Suprema Corte.
La responsabilidad del notario puede ser civil o disciplinaria. En caso de
daños causados por su actuación, debe responder directamente. Las
sanciones disciplinarias pueden ir desde amonestaciones hasta multas,
suspensión temporal o destitución, según la gravedad de la falta. También se
establecen causales específicas que justifican la suspensión o revocación del
nombramiento.
La ley introduce la creación de un registro nacional de testamentos y
poderes, bajo la supervisión del Consejo del Poder Judicial. Los notarios están
obligados a remitir un extracto del testamento o poder que instrumenten en un
plazo de cinco días hábiles. El incumplimiento de esta obligación puede
acarrear sanciones económicas e incluso la destitución.
Finalmente, se incluye una tarifa oficial de honorarios notariales para
garantizar la transparencia y estandarización de los cobros por servicios
notariales. Las tarifas varían según el tipo de acto y los valores involucrados, y
se prohíbe expresamente que los notarios cobren por debajo de estos montos,
bajo pena de sanción disciplinaria. En caso de incumplimiento de pago por
parte del usuario, el notario puede hacer valer sus derechos mediante acción
judicial.
La ley contiene también disposiciones transitorias que regulan el número de
notarios por municipio, estableciendo un máximo por densidad poblacional, y
dejando sin efecto nuevos nombramientos en lugares que excedan este límite,
hasta que se equilibre la proporción.