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jueves, 14 de junio de 2012

Campamentos del Padre Alba. Campamento "Nuestra Señora del Olivar"

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                                                        (Pulsa en la imagen)

Nuestro amigo, el Padre Juan Mª Sellas Vila,mCR nos remite la siguiente información sobre el campamento que está organizando para principios de agosto. Los interesados no duden en llamar al teléfono 937153408.

PREPÁRATE PARA COMBATIR LOS NOBLES COMBATES DE LA FE (1 Tim 6,12) CONTRA LA REVOLUCIÓN ANTICRISTIANA!

NO LO PIENSES MÁS Y... ¡VEN AL CAMPAMENTO!

ORGANIZA: Asociación de la Inmaculada y San Luis Gonzaga (Unión Seglar de San Antonio Mª Claret)
Colegio Corazón Inmaculado de María (Sentmenat-Barcelona)

martes, 29 de mayo de 2012

El Estado imbécil del liberalismo

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El concepto de la libertad ilimitada y arbitraria, y el concepto agnóstico del mundo inasequible al entendimiento humano, donde se relegan las verdades religiosas, han producido como aplicación política un monstruo singular que se llama Estado neutro. ¡La neutralidad del Estado en materia religiosa! En una sociedad dividida en creencias, ya se refieran al orden natural o al sobrenatural, el Estado no puede tener más que tres posiciones y adoptar tres actitudes: puede representar la mayoría de creencias de esa sociedad, puede representar un fragmento, aun cuando sea la minoría de ellas, o puede intentar la representación de aquello en que coincidan todos.

En el primer caso, hará de lo común regla, que tratará de extenderse y convertirse en única. En el segundo, elevará la excepción a regla común, no expresando la opinión de los más, sino imponiendo la de los menos, aunque, por supuesto, invocando la democracia y la voluntad colectiva. En el tercer caso, la representación de lo que es común por encima de lo que es diferente, es la que suele invocarse para disfrazar el segundo, que es el que se practica. ¿Puede existir ese Estado neutral?

Cuando la división entre las creencias es tan honda que del orden sobrenatural trasciende a las primeras verdades del orden natural; cuando los hombres no están conformes ni acerca de su origen, ni de su naturaleza, ni de su destino, ni, por consiguiente, acerca de sus relaciones, ni de las normas de su conducta, entonces la oposición es tan grande, que el Estado que cruce los brazos en presencia de esas diferencias se encontrará colocado en una situación muy extraña: él se declarará indiferente ante las diferencias, y no será raro que los creyentes y los no creyentes le vuelvan la espalda y se declaren también indiferentes, con una indiferencia que haga causa común con el desprecio, hacia una entidad que no toma parte en aquellas cosas que más interesan a los hombres.

¡Estado neutral! Estado que no sabe nada ni afirma nada acerca de las creencias en un mundo sobrenatural y de las relaciones con él, que no sabe nada acerca del origen del hombre, que ignora cuál es la naturaleza humana, cuál es su destino y cuáles son las normas de su vida individual y social, es un Estado tan extraño, que, al no afirmar nada de lo que a los hombres más importa, al elevar a dogma la ignorancia, que por ser de cosas supremas es la suprema ignorancia, viene a declararse inútil e imbécil.

Imbécil, sí, porque el Estado idiota, como le llamaba gráficamente Campoamor, es aquel que no sabe nada de los problemas que el sepulcro plantea y de los problemas que el sepulcro resuelve. Se declara incapaz de gobernar a nadie quien dice, refiriéndose al orden religioso y al orden moral y al fundamentalmente jurídico: ”Yo no puedo afirmar nada de esas cosas, porque no sé nada”. ¿Y cuál es la consecuencia inmediata de ese concepto de Estado neutro? La de no intervenir en esos problemas que él mismo declara que ignora, la de declararse incompetente y dejarlos a los que los conocen, puesto que él se expide a sí mismo patente de incompetencia y hasta de imbecilidad.

Y, sin embargo, hace todo lo contrario. Es el Estado que más interviene. ¿Y por qué interviene? Porque su neutralidad en relación con todas las creencias que luchan y que combaten en la sociedad, no es más que el resultado de un juicio en que las declara dudosas, reduciéndolas a meras opiniones; y al trasladar su parecer a los actos y a las leyes, impone ese juicio, afirmando la negación o la duda, es decir, imponiendo la impiedad, o imponiendo el escepticismo como dogmas negativos de un Estado que, después de ser idiota, viene a declararse Pontífice al revés.

Ese Estado interviene en la enseñanza; y ¡cosa singular, señores! El Estado, que no es agricultor; el Estado, que no es industrial; el Estado, que no es comerciante, aunque tenga la obligación de cooperar y de favorecer al comercio, a la agricultura y a la industria, el Estado se declara a sí mismo, no cooperador ni fomentador de la enseñanza, sino pedagogo supremo y hasta maestro único. ¡Y qué contradicción tan singular! No sabe nada de los problemas más transcendentales, de los que han sido siempre los primeros en todos los momentos de la Historia, y al mismo tiempo no tolera competencias y quiere ser ¡el maestro único! De las generaciones presentes y venideras. Se concibe que un Estado que afirme un orden natural y sobrenatural, que un Estado creyente como el de las edades cristianas, y hasta un Estado budista, o un Estado musulmán, trate, sirviendo como de instrumento a la creencia que profesa, de llevarla a la práctica y de infundirla; pero que un Estado que se declara a sí mismo interconfesional, que declara que no sabe nada de lo que no debe ignorar nadie, ni por obligación, ni por cultura, se declare a sí mismo incompetente, primero, y el más competente, después, para intervenir en la enseñanza, eso es el absurdo. Y, sin embargo, ved cómo interviene. La gradación es la siguiente: primero se declara potestativa en la enseñanza la enseñanza religiosa; después se declara neutra la escuela, y más tarde se suprime la religión hasta en las escuelas privadas, centralizando la enseñanza en las públicas, y dispersando a los maestros religiosos para que detrás de la ignorancia religiosa venga el odio de la escuela francamente atea.

Juan Vázquez de Mella. Examen del nuevo derecho a la ignorancia religiosa

domingo, 16 de agosto de 2009

Educación y juventud del Sistema

ImageReproducimos un artículo del número 221 (mayo-junio 2009) de Tradición Católica, revista de la Hermandad de San Pío X en España. Su autor es el Profesor José Miguel Gambra, presidente del Círculo Cultural Antonio Molle Lazo y Jefe de la Secretaría Política de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón


Excelencia educativa

"¿Hijo, qué quieres ser de mayor? Pues... hijo, papá". Así ironizaba sobre su vástago un camarero entrado en años que hablaba, hace unos días, con su compañero mientras servía la barra. "Ahora --prosiguió-- 'me se' va con la novia diez días a Mallorca. ¡Cómo viven estos chicos!"

Estos chicos, sin privarse de ningún placer adulto, prolongan indefinidamente la dependencia de sus padres y se gastan lo que ganan en coches, ordenadores, cadenas de música y diversiones. Estos chicos siguen con juegos de niños hasta los dieciocho años y, hasta los treinta, se pasan buena parte del día entretenidos con Internet y con la televisión. A los treinta y cinco, siguiendo el modelo de la serie Friends, tienen todavía pandillas. "Son mis amigos, por encima de todas las cosas", dice una famosa cancioncilla, con dejes de blasfemia. Y a los cuarenta, empiezan a plantearse el futuro, ante el probable óbito de sus progenitores: se compran un piso de una sola habitación, y todo lo demás sigue igual.

Estos chicos --y no tan chicos-- se divierten, y mucho, cosa que no tiene nada de nuevo. Lo nuevo es que, cuando pierden su tiempo en juergas y pasatiempos, no hacen, como en otro tiempo, algo de más, sino algo de menos. Se juntan, se aman, ven películas, oyen música, se emborrachan o fuman hachís como con desgana y aburrimiento. No lo hacen porque les desborde la fuerza vital de sus pasiones, sino porque les falta fuerza para pensar. Estos chicos ni siquiera son transgresores de normas y costumbres, porque la única norma que conocen es que no hay normas, lo único que creen es que nada es digno de crédito, de lo único que están convencidos es de que nada es verdad. Es decir, estos chicos son escépticos, pero no por exceso de crítica, sino por ausencia de pensamiento. En argot: son pasotas.

Estamos hechos para pensar, esto es, para conocer la realidad, que nos asalta con preguntas y evidencias intranquilizadoras. Pero pensar es doloroso, los datos son molestos y la realidad verdaderamente latosa. Por eso, hace falta mucho instrumento de diversión, mucha conexión con amigos por Internet, mucha repetición de máximas televisivas y, cuando esto no basta, mucho alcohol o suficiente droga para no pensar. Es necesario todo eso en grandes dosis para responder, siempre que se presenta un problema moral, político y religioso: "eso depende", "cada uno ve las cosas a su manera" o "yo paso de esos malos rollos, tío".

Estos chicos ¿de dónde han salido? De nuestro sistema de educación estatal. Lentamente, a base de sucesivos empujones y codazos el Estado Español, ese gran culpable, ha ido arrinconando la educación religiosa y familiar hasta monopolizar, más, mucho más que en otros países, la educación. Desde los ideales ilustrados contra el analfabetismo, hasta los planes de Villar Palasí, las Logses, las Loes, las Lous y todo ESO, pasando por estatismo educativo de Franco (que, por cierto, las jerarquías eclesiásticas admitieron sin chistar), la maquinaria estatal no ha hecho más que engullir todo el control de la enseñanza. Controla la edad de ingresar obligatoriamente en la educación, su duración y contenidos; controla que los listos no destaquen (por eso no pueden aprender a leer antes de los cinco años) y que los otros no se retrasen y, por ello, se les pasa de curso, hayan aprobado o no. Controla la ideología y los métodos de enseñanza, los castigos, los manuales, los exámenes y la preparación de los profesores. Controla el tamaño de los colegios, el de las aulas, el número de cursos y de alumnos por clase, de metros de patio, de gimnasio y de horas de clase, y de todo cuanto se les pueda ocurrir. Controla todo menos lo que debiera, a saber, que no haya bachilleres que no sepan escribir y que no haya profesionales incapaces en las carreras puramente civiles.

Las instituciones educativas se han convertido en grandes establos, de régimen cerrado en el caso de colegios e institutos, de régimen abierto en el caso de las universidades. Su fin ya no es educar, es decir, hacer hombres de bien capaces de enjuiciar cualquier asunto, como decía Aristóteles, sino mantener fuera de las calles a los alumnos y "socializarles", es decir, adoctrinarles en el relativismo democrático e igualar a todos en la ignorancia. No hablaré de las humillaciones que sufren los profesores. En breve tendrán que dar clase detrás de una urna de cristal acorazado y el orden será mantenido por la policía, como ya va a suceder en Francia. De los conocimientos sólo contaré que en 2º de Bachillerato, justo antes de entrar en la universidad, pregunté quien era anterior, Carlomagno o Alejandro Magno ¡y ninguno lo supo en toda una clase!.

Dado tan clamoroso fracaso ¿facilita el estado la educación privada o la educación eclesiástica? Nada de eso. Ni hace, ni deja hacer. No permite la enseñanza en casa. Para fundar un colegio no concertado, hay que empezar por poner alrededor de ocho millones de euros sobre la mesa. No digamos para una universidad. En Francia, cuna del estatismo educativo, los alumnos pueden estudiar a distancia y basta con una casa, y poco más, para hacer un colegio. He conocido una universidad tradicionalista en París, que expide títulos reconocidos por la Sorbona, y cuyos locales se reducen a dos o tres pisos de un edificio. Aquí no: la constitución declara la libertad de enseñanza, pero el estado pone tales exigencias materiales para que se establezca un colegio o una universidad, que ninguna asociación que no sea muy poderosa puede ni siquiera planteárselo.

Los informes Pisa, los de la OCDE y de otros organismos internacionales, han puesto recientemente en la picota el sistema educativo español como uno de los que están a la cola de los países desarrollados. Algunos, desde la perspectiva del estado de derecho democrático se han llevado las manos a la cabeza. Por ejemplo Pérez-Reverte, con la delicadeza que le caracteriza, ha puesto de vuelta y media a Zapatero (al cual llama imbécil) y a sus ministros y ministras (cuya madre no se olvida de mentar), porque las sucesivas reformas socialistas --no menos que las del PP-- han dado como resultado la ignorancia supina, la incapacidad de comprender el mundo, en que se halla sumida buena parte de nuestra juventud.

Pues bien, no estoy de acuerdo. Desde el punto de vista democrático, es un craso error calificar de desastrosa la educación pública española. Para verlo basta remontarse a Rousseau, padre doctrinal de la democracia, con su Contrato Social y padre, a la vez, de la pedagogía moderna, con su Emilio. Una cosa es complementaria de la otra. El pacto social conlleva que "cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general". Si una voluntad particular se niega, por disconformidad, a obedecer a la voluntad general, es lícito someterla por la fuerza. Con ello, según dice Rousseau, se obliga al ciudadano a ser libre, pues sólo la constitución de la voluntad general impide que estemos sometidos a una voluntad de otra persona. La voluntad personal pasa, en lo que se refiera a los asuntos públicos, a ser voluntad general, que, de hecho, se identifica con la voluntad del que ha sido votado. En nuestro caso con la voluntad del Sr. Rodríguez y su corte de los milagros.

Ahora bien, cuando se ha amputado la voluntad personal en lo que a las cuestiones sociales se refiere; cuando todo el interés por los asuntos comunes, o por la patria, se puede plasmar solamente en el voto a partidos e individuos que harán lo que les venga en gana; cuando todo eso sucede --digo-- es necesario lobotomizar también la inteligencia sobre tales temas. Si se dejara que los españoles fueran educados en el sentido clásico de la palabra, es decir, si pudieran tener una concepción del mundo razonable, que les habilitara para juzgar sobre el bien y el mal en temas de política y en cualquier otro, su sufrimiento sería insoportable y resultarían, además, difícilmente gobernables. Al que le cercenan un órgano le anestesian; lo mismo debe hacerse con el que ha cedido su capacidad decisoria sobre sus deberes más importantes. Otra cosa sería crueldad. Los ciudadanos de una democracia sólo deben tener los conocimientos necesarios para la producción; deben limitarse a la profesión que les permite ganarse la vida y pagar los impuestos. Sobre todo lo demás, tienen que estar convencidos de que no cabe conocimiento seguro, y de que todo es cuestión de un gusto que queda a discreción de los representantes de la voluntad general.

Por eso, según dice Rousseau en el Emilio, la educación del niño individual deberá "ser puramente negativa, la cual no consiste ni en enseñar la virtud ni la verdad, sino en librar de vicios el corazón y el espíritu del error". ¿A qué se refiere con eso del vicio y del espíritu de error? Pues a los conocimientos que van más allá de lo que necesita en su vida personal, es decir, a los conocimientos filosóficos y a los que proporciona la Revelación. "Son los filósofos con su preceptos, los sacerdotes con sus exhortaciones los que envilecen" el corazón del niño, dice Rousseau. La enseñanza tiene como finalidad evitar las preocupaciones sobre el futuro, que nacen de la metafísica, de la religión y de la moral: "Si pudierais no hacer nada, ni dejar hacer nada, si lograrais tener sano y robusto a vuestro alumno hasta la edad de doce años, sin que supiera distinguir su mano derecha de la izquierda, desde vuestras primeras lecciones se abrirían lo ojos de su entendimiento a la razón, sin baches ni preocupaciones". Porque así disfrutará de la vida, sin que las teorías y religiones la ensombrezcan. "Padres --recomienda Rousseau--, tan pronto como puedan vuestros hijos gozar del placer de la existencia, haced que disfruten de él, y cuando les llegue la hora en que Dios los llame, no mueran sin haber disfrutado de la vida".

Vista desde la genuina doctrina de la democracia, la educación pública española es un éxito sin precedentes: tras un larguísimo período de instrucción, que se extiende hasta los veinticinco años, los discentes han aprendido a manejar, con más o menos pericia, unos instrumentos de producción y, sobre todo, han aprendido que nada más puede aprenderse. Se ha logrado que los alumnos no distingan la derecha de la izquierda, no ya hasta los doce años, como dice Rousseau, sino hasta la edad de jubilación. La inmadurez e inconsciencia del adolescente se junta con la recaída en la infancia del anciano. No sólo se les ha extirpado la voluntad particular en beneficio de la voluntad general, sino que se ha completado la operación con la ablación de toda concepción del universo que les permita juzgar con independencia de la voluntad general. Y si usted, amigo lector, duda que sea excelente tal educación, es porque se obstina en conocer, en creer y en desear el bien; es porque, en el fondo, todavía no es usted un demócrata.

domingo, 19 de julio de 2009

Objeciones a una Objeción

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Rescato del magnífico blog EL BRIGANTE, dos iluminadores artículos sobre la objeción de conciencia en temas educativos. Un interesante debate, que marca la linea divisoria entre el catolicismo liberal-conservador y el tradicionalismo.

"La paradoja –me parece– es cruel: se pone entre paréntesis el Estado como comunidad política para maquillar la falta de crítica (“incorrecta”) del Estado liberal. Los espantajos, más que estandartes, del estatismo y la “objeción de conciencia” sirven a la perfección a tal operación de contrabando intelectual. En resumen: la salvación de la democracia y los derechos humanos para el mundo católico exige demoler la filosofía clásica de la política y abrazarse en cambio a la antifilosofía política liberal, normalmente –así todo es ganancia– en clave comunitarista estadounidense. La libertad religiosa y el olvido (rectius: rechazo) del “Estado católico” está en la base del desastre. Como de casi todos."
(Miguel Ayuso)

"Creo que la objeción de conciencia conlleva, en sí, “la falta de crítica del Estado liberal” o, lo que es lo mismo, su tácita aceptación (no es “una desobediencia a la Ley” afirma el “observatorio” para la ocepc). Lo único que pide quien objeta es que no se le aplique la ley, pero que se siga aplicando a los demás… si no la objetan. O sea, el concepto mismo de ley se vuelve incomprensible. No debe escandalizar que a eso se le llame “antipoliticismo”, o negación de la doctrina social cristiana"
(José Antonio Ullate)

http://www.elbrigante.com/2009/03/objeciones-una-objecion.html

http://www.elbrigante.com/2009/04/la-quimera-de-la-epc.html