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jueves, 1 de febrero de 2018

Tecnología, libertad y conciencia. Una mirada tradicionalista a Black Mirror

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Tecnología, libertad y conciencia. Una mirada tradicionalista a Black Mirror.

La editorial de la Universitat Oberta de Catalunya nos propone unas sugestivas reflexiones sobre los abismos de la tecnología a través de una serie de textos coordinados por Jorge Martínez-Lucena y Javier Barraycoa. Una colaboración entre ambos doctores por cierta ya fecunda, en la estela del también muy recomendable ensayo El zombi y el totalitarismo. De Hannah Arendt a la teoría de los imaginarios publicado en el número 2 de Imagonautas, revista interdisciplinar sobre imaginarios sociales. El hilo de las mismas lo constituye la serie Black Mirror, clara metáfora de la tecnología digital, las redes sociales y el mundo híper-conectado en el que vivimos. La serie plantea un conjunto de situaciones de ciencia-ficción aparentemente distópicas, pero que resultan extraña y alarmantemente familiares. Cada capítulo hace tomar conciencia de determinadas amenazas a la naturaleza humana.

Desde unos enfoques analíticos plurales que van desde la estética a la antropología, pasando por la sociología, se interpela al sentido último y profundo de la mediatización de lo humano y los límites de su libertad.

En una entrevista para el suplemento Play Series Javier Barraycoa señala que lo más inquietante de la serie es «que no pretende decirle al espectador qué está bien o que está mal, simplemente ofrece las posibilidades que da la tecnología y no plantea una alternativa para elegir. Hay varios capítulos en los que el protagonista parece que tiene una opción moral a elegir sobre los efectos de la tecnología, pero haga lo que haga se vuelve contra él». Aparte de este «determinismo tecnológico» que anula la libertad humana, citas otros grandes temas que se plantean en la serie: «el fin de la privacidad, la búsqueda insaciable de una felicidad que la tecnología nunca podrá proporcionar, la espectacularización de la realidad como control de la misma por ciertos poderes o el control social».

Al final, todo se resume en un trasfondo común: «Lo que se pone en juego es un juicio sobre qué constituye la persona y su dignidad, si podemos ser plenamente personas y relacionarnos con otros o si la tecnología nos desposeerá de esa cualidad para convertirnos en engranajes del sistema». Para terminar, Barraycoa confiesa cuál es su capítulo preferido y por qué: «Sin lugar a dudas, The National Anthem, el primer capítulo de la primera temporada. En el primer capítulo ya se ponen en juego todos los elementos que seguirán latentes en toda la serie. Paradójicamente es el más real pues la tecnología con la que se arma todo el argumento es la que tenemos diariamente a nuestro alcance. Si ves el primero, indefectiblemente ya te has enganchado».

A continuación extractamos una parte de la ponencia El imaginario social del control mediático y tecnológico: la distópica Black Mirror del profesor Barraycoa a las Actas – IV Congreso Internacional Latina de Comunicación Social donde adelanta parte de las ideas que desarrolla en este trabajo colectivo.
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El control tecnológico y mediático

El poder actualmente no genera grandes directrices de propaganda explícita como hacían los regímenes totalitarios antaño, sino que crea “estados de conciencia”, al decir de Manel Castells. La creación de estos “estados de conciencia” son inducidos y no explicitados. El poder ha desarrollado lo que se denomina la capacidad de invisibilizarse. Este fenómeno sólo lo podemos entender completamente por comparación con las viejas estrategias del poder. Al analizar el antiguo arte del poder, aparece la figura del gigantismo: la construcción de grandes representaciones de los monarcas, tiranos y gobernantes. La estatuas gigantes permitían que todo el mundo lo viese y así el poder se hiciera omnipresente. En la actualidad el poder asume otra lógica ya prefigurada en el famoso panóptico de Bentham. Este artefacto, diseñado para cárceles y fábricas, permitía que el controlador viese pero no fuera visto. Una derivación posmoderna del panóptico es el programa televisivo del Gran Hermano, al que en la serie de Black Mirror se hace un guiño. Todos nos convertimos en cómplices del poder al participar en la función observadora del mismo. En la medida que aceptamos estos juegos, el poder queda legitimado para observarnos también. Este proceso ya fue augurado y teorizado por Guy Debord en La sociedad del espectáculo. El filósofo francés planteaba el espectáculo como un concepto clave para entender cómo evolucionaría el capitalismo, pasando de ser un mero sistema productivo a ser un sistema de control a través de la creación de imágenes espectacularizadas de la realidad. La sociedad, profetizaba, se iría espectacularizando hasta que no distinguiéramos la ficción de la realidad. Con otras palabras, se iba a ir crear de ella una imagen falsa pero indestructible. Si atendemos al origen etimológico, descubrimos que la palabra espectáculo viene de espejo (speculum–reflejo).
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El término speculum tiene un claro ascendente indoeuropeo que ha dado origen a palabras relacionadas con la visión como cinemascope, periscopio o, incluso, espectro (fantasma). El espectáculo –mediático, propio de cultura de masas y fomentado por el poder político- es una representación (falsa) de la realidad. Debord anunciaba que el capitalismo triunfaría sobre el comunismo, al ser capaz de crear una representación simbólica de la realidad mucho más potente. Mientras que la religión de Occidente y las ideologías atribuían un papel fundamental a la historia, en cuanto que desarrollo del destino humano, ahora ya no es así. Se ha producido una verdadera revolución en la mentalidad de los individuos pues han quedado devorados por el afán de espectacularización y de vivir el “presente” y en el “presente”. Creando una imagen falsa de sí mismos y de su existencia, los ciudadanos, en su inmensa mayoría, ya no se sienten partícipes de la historia de su comunidad. Su única proyección vital y existencial se limita a vivir espectacularmente su escaso tiempo de ocio, sea el del fin de semana o el de sus vacaciones anuales. La existencia se transforma en un simulacro, como ya previó Baudrillard, de tal forma que en nosotros ya se desarrolla el hábito mental de aceptar las propuestas de imágenes, como una realidad adecuada a nuestros esquemas mentales. La sorpresa de la espectacularización, sustituye a la especulación racional.

sábado, 20 de enero de 2018

Modernidad y postmodernidad contra la Tradición

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No es de extrañar que todo este recorrido del pensamiento europeo a lo largo de la “Modernidad”, ya desde el siglo XIV haya acabado culminando en una explosión que ha oscilado entre la rebelión más absoluta y la desesperación, entre las aspiraciones más radicales de una libertad sin límites y el sentimiento de angustia ante la realidad de la libertad, entre la voluntad de crear un nuevo orden (la imaginación al poder) y la sensación de la nada. Llegados a este punto, los hijos de la “Modernidad”, del pensamiento que ha venido conformando la “Modernidad”, han terminado proclamando el fin de esta y la inauguración de la “Postmodernidad”, en realidad con bastantes pocas expectativas de verdad esperanzadoras para el hombre. El alejamiento de Dios y la ruptura con las raíces culturales y espirituales de la Europa han llevado inevitablemente al fracaso y la frustración, y por ende a la negación del auténtico ser de Europa.

El profesor Eudaldo Forment ha señalado siete características de la “Modernidad”: confianza ilimitada en la razón, conciencia histórica (en cuanto llegada a la madurez de un progresivo proceso universal), utopía del progreso, principio de inmanencia (la concepción del hombre dentro de los límites de la naturaleza y de la sociedad), reivindicación de la libertad, ateísmo (ya al final del proceso de la “Modernidad”, llegando a un antiteísmo) y fin de la Metafísica.

En contraposición, caracteriza la “Postmodernidad” por las siguientes peculiaridades: irracionalismo (primacía de las apetencias y sentidos sobre la razón), fin de la Historia (no existe la Historia como tal, sino que simplemente debe vivirse el presente como un acto inmediato en su totalidad), politeísmo de valores (el único valor es el ser nuevo y hay un progreso sin finalidad definida, de lo que se sigue un modelo de heteromorfismo, disenso, localismo e inestabilidad, que implica la legitimación de un pluralismo de valores), primacía de lo estético (consumación del nihilismo, del sinsentido absoluto de la realidad, de la carencia de validez de los valores supremos, y por eso la preocupación central ya no es el hombre, sino la estética, orientado a lo difuso y la ruptura con la belleza), el fin de la libertad (la única libertad posible es la de la disgregación, de la diferenciación y de la desaparición), indiferentismo religioso y postmetafísica ( y se arriba así al “pensamiento débil”, el único posible en esta era postmetafísica). Por lo tanto, “estos siete rasgos de la postmodernidad representan una pérdida de confianza en la razón, en la realidad, en el hombre y en Dios, y muestran que en el fondo de la postmodernidad se encuentra una posición de inseguridad” (Lecciones de Metafísica. Madrid Rialp 1992).

En esta “Postmodernidad” es en la que se halla inmersa la Europa actual que viene a convertirse así de lleno en la negación de la verdadera Europa.

Tomado de: La Crisis de Occidente. Orígenes, Actualidad y Futuro, de Santiago Cantera Montenegro
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domingo, 28 de febrero de 2016

Carlismo: El hombre concreto de la Tradición frente al individualismo y al estatismo liberal

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CARLISMO: EL HOMBRE CONCRETO DE LA TRADICIÓN FRENTE AL INDIVIDUALISMO Y ESTATISMO LIBERAL

(…) el concepto de comunidad, entidad de convivencia sobre un territorio concreto, con explotación común de recursos y personalidad, instituciones y derecho propio. La red cotidiana de relaciones a ese nivel, entendida como un espacio dinámico donde negociar, admitir o contestar el dominio y la subordinación, distaba mucho de la de un partido, pero podía llegar a ser muy operativa en los momentos de gran tensión. Además, en las sociedades de la edad moderna un mismo hogar estaba sometido a jurisdicciones distintas y a los lazos no siempre tipificados oficialmente. Esta situación perduraba casi intacta en nuestro período.

El herrajero ubidiarra proletarizado por la competencia fabril, al que la ley ya no reconocía ni el estatus ni es el prestigio del maestro en su gremio, era a su vez feligrés de una parroquia condenada a la degradación como aneja; miembro de un municipio al que el Gobierno Civil presionaba para controlar el cumplimiento de un presupuesto, frente a las escasas partidas fijas y el recurso a derramas según criterios consensuados de la localidad; cabeza de un hogar que se concebía orgánico, con pautas de supervivencia guiadas por miras de linaje, frente al individualismo burgués; hombre de honor, conocido por sus hechos y apreciado por su palabra, valorada muy por encima de la identificación por cédulas personales y registros poblaciones que el Estado imponía; y posesor de derechos de uso de espacios en lo que lo público y lo privado se yuxtaponían, confundían o no se diferenciaban, del monte comunal a la sepultura eclesial. Con modificaciones, esto sucedía entre la inmensa mayoría del campesinado y de otros colectivos que indicaremos.

Nuestro personaje era asimismo sujeto fiscal acostumbrado a cargas por tramos sobre la riqueza inmueble, que recaían –siquiera en teoría- en un tercio sobre los inquilinos, con fiera resistencia contra las imposiciones directas sobre el patrimonio global; y comprador que admitía las sisas sobre alcoholes, carne vacuna y abacería para librar de tasas a los mantenimientos básicos; en ambos casos, con muy alto porcentaje de reversión a la caja concejil. Quizá era padre de un mozo en edad de acudir a filas, con probable destino al letal frente cubano si se permitiesen las quintas. Con todas sus salvedades –servicios a la Corona, etc.-, la exenciones fiscal y de sangre constituían una ventaja frente a las desigualdades del impuesto sobre consumos y las levas en las provincias carentes de normativa particular; las autoridades forales colaboraban en costear sustitutos para el ejército y eran muy poco injerentes en las decisiones distributivas de los municipios mientras se les aportase el monto convenido. Por fin, si un revés de fortuna dejara a nuestro artesano en la indigencia, tendría ayudas honrosas hasta salir del bache, sin la tacha de vagancia o incapacidad que caía sobre quienes se acogían a la nueva beneficencia burguesa.

Esa compleja organización constituía el Fuero: no el código escrito ni las lucubraciones ideológicas, sino la práctica en la que se había sido educado y en que se educaba. Hábilmente, los notables carlistas identificarían su eliminación con el liberalismo.

Clases populares y carlismo en Bizkaia 1850-1872. Págs. 14-15. Enriqueta Sesmero Cutanda. Universidad de Deusto.

lunes, 3 de marzo de 2014

Literatura y cultura contra el Mundo Moderno

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"Creen que añoran el pasado, pero en realidad su añoranza tiene que ver con el futuro"
(John Henry Newman)

El Matiner Carlí recomienda vivamente esta preciosa novela que es todo un inteligente alegato contra la modernidad y sus mitos. Novela fluida, amena y divertida pero con una gran carga de profundidad contra el llamado "Mundo Moderno".

Narra la historia de la llegada de Prudencia Prim a un pequeño pueblo llamado San Ireneo  de Arnois, una pequeña "colonia de exiliados del mundo moderno" al abrigo de un monasterio benedictino tradicionalista y su tradicional liturgia romana; el enclave no deja de recordar al  distributismo donde se dislumbra la suave sombra de G.K Chesterton y H. Belloc, y su amor "a las cosas sencillas y pequeñas" Un lugar donde pervive la vieja Civilización y los perennes principios que la vitalizaron. La cultura clásica, el amor al arte, la recia espiritualidad,  junto a la sencillez y armonía social y económica...la Tradición.

Novela bañada de una fuerte espiritualidad católica, donde van apareciendo temas como el pensamiento tomista, que busca y se adhiere a la Verdad, frente al  vago sentimentalismo del pensar moderno, la condición y naturaleza humana frente a todos los idealismos ideológicos, la educación clásica frente a la moderna, el matrimonio... Giños a ideas tolkinianas etc. Todo ello de forma exquisita.

Una bella trama de amor y sentimientos, donde aflora un bello Despertar.
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Natalia Sanmartin Fenollera, autora de esta sorprendente novela:"El despertar de la señorita Prim" editorial Planeta

viernes, 9 de marzo de 2012

Doctrina Social de la Iglesia frente al capitalismo


Magnífico programa de Lágrimas en la Lluvia sobre la Doctrina Social de la Iglesia, con presencia del profesor Miguel Ayuso Torres director científico del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, frente cultural de la Comunión Tradicionalista, con una brillante intervención denunciando el carácter nefasto y anti cristiano del capitalismo liberal y la usura.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Los frutos amargos del liberalismo: una mirada tradicionalista a la cuestión social del S. XIX

ImageDel semanario tradicionalista español “La Reconquista”(4 de abril de 1872)

“El obrero de la fábrica, verdadero esclavo convertido por el liberalismo en una máquina, buena sólo para producir, pero indigna de todo cuidado moral; ese obrero a quien se encierra en una especie de lóbrega cueva, donde ni penetra apenas la luz del sol, ni el aire de los campos; ese obrero a quien no se le deja ni tiempo para pensar en Dios, ni descanso par que repose en el seno de su familia y dirija una mirada a sus hijos; ese obrero que al salir de su prisión llevando aún los pulmones llenos de nauseabunda atmósfera de la fábrica, y los ojos fatigados por la luz artificial, y los oídos estremeciéndose todavía con el atronador y monótono chirrido de las máquinas, se encuentra en medio del alegre bullicio de una gran ciudad y ve pasar a su lado un sibarita cuya fortuna sabe que está formada con bienes que arrebató a la Iglesia o que ganó en el juego de la política, el más inmoral de todos los juegos; ese obrero que al volver a su casa, si por acaso es tan venturoso que la tiene, ve por todas partes el refinamiento de una civilización sensual y materialista; ve palacios suntuosos en las calles, manjares delicadísimos en las fondas, molicie y afeminación en todas partes; ese obrero a quien le han enseñado que el clero es su enemigo y la Iglesia su verdugo arrancándole así el sentimiento de la religión, único asilo de paz y dulce sosiego en donde podía encontrar inagotables consuelos y fortaleza inextinguible, ese obrero escucha una voz que le promete hacerle dueño de toda esa riqueza material, única riqueza que él conoce y que ve una mano que le señala como suyos todos esos brutales goces del cuerpo, únicos goces a que le han enseñado a aspirar, ¿cómo no ha de abrir sus oídos a esa voz, y cómo no ha de estrechar con febril afán esa mano?”

Ramón Nocedal y Romea. Discurso en el Congreso el 15 de mayo de 1892. (Pág. 293 del tomo II de las Obras Completas)

Lo que he dicho, y repito, es que el socialismo, que la anarquía, que el comunismo, todas las ideas más horribles, más absurdas que se puedan imaginar, son consecuencias lógicas y necesarias de los principios liberales; y que los anarquistas no hacen más que seguir la conducta que les han enseñado y que han seguido, y que recientemente han enaltecido aquí los partidos liberales
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Tradicionalismo y proletariado

viernes, 9 de septiembre de 2011

Tradicionalismo y proletariado

Image Aunque parezca craso error a primera vista, los proletarios de hoy son iguales a los esclavos del mundo romano desde el ángulo de la psicología porque unos y otros lo son por hallarse desligados de la vida colectiva, por no sentirse participes en el patrimonio espiritual de una Tradición. Nacidos fuera de la Tradición en el gran siglo demoledor que es el XIX, los obreros son proletarios en la medida en que no son tradicionalistas. En el siglo XVII de las Españas áureas, no había proletarios por idéntica razón a la que no hubo ricos, todos los hispanos entendían la teología de Plazuela de los autos sacramentales y todos comulgaban en la gesta anti-europea de sus reyes, esto es, eran parte de una tradición entrañablemente viva en una sociedad unida.

Fue el liberalismo alegre, despreocupado, racionalista, desarraigador, burgués, y volteriano quien dejó crecer sin riesgos de fe ni patriotismo, fuera de la sociedad, como si no fuesen humanos, los hombres de la selvática floresta proletaria. El proletariado no existiera con el tradicionalismo político, porque en nuestro sistema social cabían sin exclusión todos los hombres, cada uno célula de la gran historia. Fue, llaga envenenada de las desgarraduras liberales. Por ello la medicina para el drama soberbio del siglo XX, para la gangrena, de un núcleo social extraño a la sociedad de la que legalmente forma parte, está en rehacer, lo que el liberalismo destruyera, en restaurar el hilo actual de la vena tradicional, con aquel sistema social cristiano en el que, todos los hombres se sentían parte de un orden e integrados en membrada jerarquía, en dar a cada ser humano conciencia de su puesto en la humanidad, en hacerles sentir la magnitud de la propia Tradición.

Es lo que pienso contemplando, la Europa francesa desde las atalayas del castillo roquero de las Españas tradicionales.

Francisco Elías de Tejada. Tradicionalismo, catolicismo y proletariado. Revista SIEMPRE; Mayo 1968

sábado, 9 de julio de 2011

La potestad política antiteocrática y la quiebra del principio de autoridad

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El padre Bover escribe: "Podemos admitir como muy verosímil la interpretación tradicional de que el Imperio romano era lo que detenía el misterio de iniquidad, matizando esta afirmación en el sentido de que en él se encarnaba el principio del ejercicio de la autoridad". Es decir, en la destrucción del poder imperial en la historia de la humanidad se realiza la quiebra del principio de la autoridad. Es lo mismo que el padre Bover afirmaba sobre el advenimiento mundial de la democracia.

Hasta la reforma de Pío XII, la Iglesia , en la liturgía del Viernes Santo, oraba por el Imperio Romano: "Oh Dios, que riges los Imperios, contempla benigno al Imperio romano". Pero con la reforma litúrgica se comenzó a rezar por los que rigen los pueblos y ya no por el Emperador romano.

Estamos asistiendo al proceso de desaparición de todo principio unitario en el mundo. Hay una anarquía en el orden político, en el pedagógico, en el teológico, en el pastoral, en lo jurídico conónico, en lo familiar, en la vida escolar y en todas las dimensiones de la sociedad.

En el punto donde nos encontramos ahora sólo quiero añadir algunas sugerencias. San Pablo decía que cuando desapareciese el obstáculo, que durante siglos se ha afirmado que es el Imperio romano, el principio de autoridad quebraría. Esa aniquilación del principio de Autoridad, esa anomia, prepararía el enfrentamiento del hombre a Dios. Anomia quiere decir anormalidad o carencia de interna ordenación. En nuestro tiempo se generalizan posiciones éticas que niegan que exista la naturaleza humana. No pudiendo hablar de ella ¿cómo va a existir derecho natural? Si no hay naturaleza humana, tampoco hay bien humano: no hay nada que sea bueno o malo para el hombre. El Bien humano es un concepto aristotélico sobre el cual se funda toda noción de virtud y felicidad. Pero si no existe la naturaleza humana, tampoco hay fin para el hombre, ni nada que sea bueno o malo para él (...) Estos son los signos: la apostasía, el misterio de anomia, la remoción del obstáculo que es el principio de autoridad y del derecho(...)

La Bestia que sale de la Tierra es la que el Dragón hace adorar. El padre Bover dice que es la potestad política anticristiana en cuanto se consuma en un poder totalmente democrático. Democracia, en este contexto, no es un sistema de participación de los ciudadanos en el poder soberano (del que habla la Suma Teológica), sino que es una visión del mundo según la cual sólo la multitud es fuente de poder, ¡el hombre mismo!, y no hay ningún título trascendente ni absoluto frente al cual deba someterse.

Decía Spinoza que no hay nada justo ni injusto, bueno ni malo, más que lo que la multitud determina con el poder democrático. Democracia para muchos quiere decir un poder en que no hay ningún título trascendente: no hay ley natural, no hay naturaleza humana, no hay ningún poder que venga de Dios. Cuando se niega el origen divino del poder, se niega a Dios mismo; y el instrumento más eficaz para descristianizar el mundo han sido los errores políticos porque, derribado el principio divino de la autoridad, se hunde la vigencia de la moral cristiana, y se deshace la familia, la escuela y toda instancia social. He aquí la historia de la apostasía del mundo moderno, que se puede estudiar en Hobbes, en Spinoza, en Locke, en Rousseau y en otros autores modernos(...)

La Bestia apocalíptica, que es el Anticristo, es un poder político. El padre Rovira lo llama: "potestad política antiteocrática" . El padre Bover lo llama: "La potestad estatal anticristiana, que se consuma en el poder totalmente democrático" (...)

tomado de Francisco Canals Vidal. Mundo histórico y Reino de Dios

miércoles, 11 de mayo de 2011

La tecnocracia y el hombre masa, camino al totalitarismo moderno

Image(…) Vallet define la tecnocracia como: “Una operatividad racionalizadora y cuantificadora del Estado respecto a la sociedad, que se extiende por todos los ámbitos y que tiende a conducirle al totalitarismo”

La tecnocracia encierra para Vallet la dominación del hombre y su entorno: supone la racionalización del espíritu, así como la cosificación de la vida que queda orientada hacia el artificio del bienestar material. El dominio de las cosas y el dominio del espíritu son las dos grandes áreas de actuación tecnocrática. (…)

Vallet comprende que la evolución del modelo liberal ha degenerado en una suerte de modelo de dirección de masas, principalmente a causa del auge del adjetivo “social” en el Estado. En este sentido considera que la evolución de las socialdemocracias tiende a un desenlace totalitario, literalmente dice: “Cuando exigimos del Estado que nos entregue nuestra ración de bienestar, confundiéndola con la libertad, le ayudamos a que nos imponga el totalitarismo”.

Considera Vallet que cuando se confunde la libertad con la situación del “ganado bien alimentado y cuidado”, soportaremos cuantas restricciones y límites nos imponga ese deseo de abundancia, como ganado manso y obediente que es la masa, estaremos a la espera del pasto al que nos guíen.

El nuevo “hombre masa” es caracterizado por Vallet por cuatro notas fundamentales: a) desarraigo; b) segmentación; c) pérdida del sentido de la realidad; y d) condicionalidad de su actividad a los designios de los imperantes.

El “desarraigo”, escribe Vallet, “religioso, que aísla al hombre de su origen y su fin trascendente; intelectual, producida por la pérdida del sentido de lo real, y existencial, en su relación con las cosas, con el propio medio geográfico, con los semejantes, a contar desde la familia y el medio social en que se convive, y de las raíces que le unen con las generaciones anteriores, de las que ha recibido tradiciones y costumbres”

La “segmentación” que es el resultado de la homogeneización del todo social, de una sociedad organizada mecánicamente desde el poder. El hombre queda sólo ante el poder, desprovisto de comunidades desde la que proyectar su dimensión social y la realización de sus fines.

La perdida del “sentido de lo real”, pues, como escribe Vallet, “es una sociedad masificada y mucho más si es tecnocráticamente educada y teledirigida, lo que está en el aire, en los medios masivos de comunicación, es lo que nos sirve de pauta”. Considera Vallet imprescindible “recuperar el sentido de la realidad, el sentido del orden natural, de la jerarquía de valores, los principios del derecho natural, conjunto de verdades que una razón sana puede descubrir mediante la meditación sabia y prudente del orden de los seres y las cosas”

Y la “condicionalidad” de toda actividad individual o colectiva a la necesaria supervisión, dirección y autorización del Estado. Como escribe Juan Vallet: “Pedimos todo al Estado; a él acudimos siempre que nos falta algo para obtenerlo de su omnipotencia. Olvidamos que el Estado nada puede devolver a la sociedad si previamente no se lo ha detraído de ella. Pero ese olvido, o mejor, aquella fe en el Estado, nos ata nuestra iniciativa y responsabilidad” (…)

En definitiva, para Vallet, si el nuevo modelo de Estado es el totalitarismo y el nuevo modelo de hombre es el hombre masa, no se trata de una síntesis ideológica del espíritu político sino, también una nueva ideología. La tecnocracia es, según Vallet, aquella ideología que trata de conducir o dirigir la vida pública según el criterio de “economicidad” por medio de la planificación elitista de unos pocos cerebros comandados por un líder, que goza de amplios poderes políticos y respaldados por los mass media (…)

Adolfo J.Sanchez-Hidalgo. El triángulo tecnocracia-masificación-totalitarismo en el pensamiento político de Vallet de Goytisolo. Verbo nº 491-492

viernes, 29 de octubre de 2010

Fiódor Dostoyevski: El totalitarismo del estado moderno.

Image "Les obligaremos a trabajar, pero en las horas libres de trabajo les organizaremos la vida como un juego de niños, con canciones infantiles, en un corro, con danzas inocentes. ¡Ah, les permitiremos también el pecado, son tan débiles e impotentes! ¡ Y nos amaran como niños por consentirles pecar! Les diremos que todo pecado será redimido, si fue cometido con nuestra venia. Les permitiremos pecar, porque los amamos; cargaremos con el castigo de tales pecados. Cargaremos con él y ellos nos idolatrarán como a bienhechores que responden de sus pecados ante Dios. Y no tendrán secreto alguno para nosotros. Les consentiremos o les prohibiremos vivir con sus esposas y queridas, tener o no tener hijos (todo ello contando con su obediencia) y ellos se nos someterán con júbilo y alborozo.”

Fiódor Dostoyevski. Los hermanos Karamázov

Un "Estado feliz" de control, corrupción y aborregamiento.
La destrucción del matrimonio y la familia, camino a la nueva esclavitud del Estado Servil.

jueves, 28 de octubre de 2010

Tareq Aziz, condenado a muerte: los crímenes del Nuevo Orden Mundial.

ImageBagdad/Madrid, 27 octubre 2010. El mundo civilizado, o lo que de él va quedando, contempla con horror (pero sin sorpresa) el penúltimo acto de la farsa y tragedia que se representan en Iraq desde su ocupación por las tropas del Nuevo Orden Mundial (N.O.M.) y la imposición por éste de la ley islámica en aquel antaño próspero país. Precisamente su papel en el desmantelamiento de los partidos mahometanos integristas y sus redes de terror le ha costado al ex Viceprimer Ministro y Ministro de Asuntos Exteriores Tareq Aziz que el Tribunal Supremo del Gobierno de ocupación de Iraq le condene a muerte por ahorcamiento. La misma suerte que corrió el Presidente Saddam Husseín, por haber osado enfrentarse a los amos del mundo.

Tareq Aziz, católico de rito caldeo, es el rostro del Iraq desarrollado, donde los cristianos gozaban de plena libertad y gran influencia, que fue destruido por el gobierno de los EE.UU. y sus aliados --entre ellos la España de Felipe González y luego de José Mª Aznar-- en una criminal guerra de devastación que empezó en 1991, contra la que el Regente legítimo de España, Don Sixto Enrique de Borbón, se manifestó en diversas ocasiones.

El hijo de Tareq, Ziad Aziz, en declaraciones a la agencia ANSA desde Ammán (Jordania), afirmó que recurrir a una apelación para anular la condena a muerte contra su padre "es inútil". "¿A quién podemos dirigirnos para apelar, si el tribunal es siempre el mismo, si los jueces son siempre los mismos?". "El juez que condenó a mi padre es un miembro del partido Daawa (del actual Primer Ministro Nuri al Maliki) y en las precedentes elecciones era candidato en la lista de Maliki", añadió. Tareq Aziz fue condenado ayer a la horca junto con el ex Ministro del Interior Saadun Shaker y el secretario personal de Saddam Husseín, Abid Hamud.

(Noticia de la Agencia Faro)

miércoles, 20 de octubre de 2010

Ética y negocios: El nacimiento de las plutocracias.

Image " (...) De ahí que San Pío X, el Gran Pontífice, repitiese a cada instante que los pueblos son lo que de ellos hacen los gobiernos, máximos educadores prácticos. Lo cual pone en evidencia el crucial problema de la escogencia de cierto tipo de Ética por parte de una colectividad, para que a través suyo disponga de un criterio de referencia para evaluar su producción legislativa.

Desde la promulgación del Edicto de Milán por el Gran Emperador Constantino en el curso del año 313 d.C hasta la agonía del Imperio Hispánico durante el siglo XIX, todo Occidente adhirió a una Declaración de Deberes del Hombre que el catolicismo acababa de formular con la confirmación de la Ética de los X Mandamientos , reinterpretada a la luz de los Evangelios; era la aceptación de una verdad que en vez de surgir del consenso lo provocaba con la consigna del "Amaos los unos a los otros como yo os he amado".

De ahí que para su cumplimiento el hombre debiera disponer de cierto tipo de libertad, que así concebida revelaba ser tan sólo un "medio" orientado a permitir al hombre el ejercicio de derechos condicionados por el bien común, dentro del marco del "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (...)

En cambio, las nacientes Repúblicas Democrático-Capitalistas se adhirieron a una misma y fundamental corriente que brotando de la herejía protestante se vería nitidamente cristalizada por primera vez en la Revolución Inglesa de 1688, sus principios serán los mismos que inspiren los de la Norteamericana de 1776 y los de la Francesa de 1789, al menos en su versión Girondina (...)

Estas "Luces", que no pasaron de ser los resplandores de las tinieblas de la filosofía materialista de Locke, Montesquieu y Kant, luego magistralmente sintetizada por Hans Kelsen, parten del principio de que la verdad resulta inaccesible al conocimiento humano; de donde deducen que éste tan sólo puede alcanzar a formular "Opiniones". En consecuencia cada cual podrá adoptar la suya propia en tanto que guía para sus acciones y propósitos, a condición de contar con un marco abstracto de Derechos Humanos que le permitan tratar de lograr su alcance , en "libre competencia", con sus semejantes, el dogma de los dogmas de la nueva mentalidad.

Sin embargo este proceso podría naufragar en el caos de la anarquía; no lo hará porque la naturaleza material dispone , según ellos, de una especie de instinto selectivo que le permite ir indefinidamente progresando a través de la supervivencia del "más apto" de acuerdo con el lenguaje que desde Charles Darwin emplean los evolucionistas para designar al "más fuerte" cuya brújula vital sólo puede ser la de la "Utilidad" de sus actos (...) "

Luis Corsi Otárola "Los Realistas Criollos" ed Nueva Hispanidad

domingo, 23 de mayo de 2010

El espíritu del capitalismo: liberalismo y calvinismo.

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EL PROBLEMA DE OCCIDENTE Y LOS CRISTIANOS
Federico D. Wilhelmsen

PUBLICACIONES DE LA DELEGACIÓN NACIONAL DEL REQUETÉ. 1964

Por lo tanto, el hombre calvinista buscaba la prosperidad material como prueba de su salvación y como justificación de su propia existencia. Mientras que el catolicismo siempre había predicado que un pobre tiene más probabilidad de entrar en el reino del cielo que un rico, basando su doctrina sobre las palabras de Nuestro Señor, el calvinismo predicaba exactamente lo contrario. La pobreza era una señal de la condenación, y la riqueza de la salvación. En vez de convertirse en un quietista o en un sinvergüenza sin más, el calvinista se hizo capitalista. Sus creencias religiosas produjeron una ansiedad espiritual capaz de saciarse únicamente a través de la acumulación de la riqueza material.

A menudo se dice que el calvinismo fue la causa del capitalismo. Esto no es la verdad exacta. El capitalismo ya había empezado a desarrollarse en Inglaterra y en los Países Bajos antes del advenimiento del calvinismo, debido al comienzo de aquella transformación económica que luego llegó a ser la Revolución Industrial, y debido al declive de los gremios y de sus antiguas libertades por la nueva centralización del Estado y por la presencia de una clase nueva: la burguesía. Pero el capitalismo naciente recibió su espíritu del calvinismo, que era la espuela que empujó al hombre a que se hiciera rico a todo trance. Sin el calvinismo, los medios nuevos de la industria habrían sido encauzados y disciplinados por la moralidad católica, y el mundo de hoy hubiera sido totalmente diferente a lo que es en realidad. Estos nuevos medios habrían servido al bien común de la sociedad, en vez de servir a los medios particulares de individuos y de grupos de presión. Pero el calvinismo desvió el nuevo progreso económico e industrial hacia una mentalidad y una psicología con una inseguridad interna, insistiendo en que el individuo, como tal, se enriqueciera y de esta manera simbolizara su salvación para todo el mundo y para sí mismo.

El liberalismo puede considerarse, o desde un punto de vista político o desde un punto de vista económico-social. De momento hacemos abstracción del aspecto político del liberalismo, a fin de dar énfasis a su aspecto social y económico. El liberalismo de los siglos XVIII y XIX hasta nuestros tiempos, siempre ha derivado del espíritu calvinista. Donde quiera que haya ganado el calvinismo ha ganado también el liberalismo, ya que estas doctrinas -aunque no se identifican- se compaginan estupendamente. En Escocia, en Inglaterra, en Holanda, en los Estados Unidos, los calvinistas siempre han sido los grandes capitalistas. En Francia, un país católico, más de la mitad de la riqueza del país está en manos de la minoría pequeña protestante y más del 80 por ciento de la riqueza financiera e industrial es protestante. Sería ridículo pretender que la causa de esto es el hecho de que los protestantes quieren ganar mucho dinero y los católicos no. Todo el mundo desea dinero, y cuanto más tanto mejor, Pero un católico no necesita tener dinero para estar seguro de su propia salvación y, por lo tanto, de la integridad de su personalidad, mientras que el calvinista sí lo necesita. ¡Un católico pobre es un hombre pobre, pero un calvinista o un liberal pobre es un pobre hombre!

Por eso, el espíritu calvinista siempre ha apoyado al espíritu liberal y el liberalismo siempre crea un ambiente amistoso al calvinismo en sus múltiples manifestaciones. Hacemos hincapié en esto: el liberalismo nunca habría sido posible sin su espíritu económico, el calvinismo. Aun cuando la religión calvinista en sus aspectos doctrinales perdió eficacia, la ética calvinista (la llamada "ética protestante") retenía su fuerza. Esta ética coloca el trabajo en la primera línea de su ideario y subordina todos los demás valores al trabajo. La contemplación y el ocio son epifenómenos de la vida, debilidades del hombre. Por consiguiente no estamos nosotros de acuerdo con la tesis de Ramiro de Maeztu (El sentido reverencial del dinero: Ramiro de Maeztu. Editora Nacional. Madrid. 1957), según la cual los países católicos tienen que introducir un "sentido reverencial del dinero", a fin de adelantar su progreso económico y técnico. ¡Hay que respetar el dinero y aun tenerlo! ¡Eso sí! Pero reverenciarlo, ¡nunca! Tal actitud sería la contradicción de toda la ética católica.

El calvinismo comulga con el luteranismo en su negativa de la ley natural. Por lo tanto, todo lo que impide el progreso de la revolución capitalista tenía que rechazarse. Un modelo de la unión entre el capitalismo y el calvinismo fue la revolución inglesa del siglo XVI contra los Estuardos. El rey Carlos I representaba la Inglaterra antigua, con sus estamentos, sus gremios, sus campesinos libres. El parlamento representaba una aristocracia nueva, cuya riqueza vino del robo de las tierras de la Iglesia y de la energía de un capitalismo nuevo que se sentía restringido por la moralidad tradicional del país. Esta aristocracia nueva, capitalista, era calvinista en bloque, mientras que las fuerzas que apoyaban al rey eran o católicas o no calvinistas. Las consecuencias de la revolución inglesa son sumamente interesantes para nosotros. El rey Carlos I perdió la guerra y su propia cabeza. Los campesinos perdieron sus fincas pequeñas. Los caballeros del rey, sus bienes. Un grupo nuevo, rico, capitalista, se apoderó del país, y rápidamente convirtió a Inglaterra en aquel infierno industrial del siglo XIX, que no reconocía los derechos de nada que no fuera el dinero y el poder conseguido por el dinero. Como resultado, hoy en día, menos del 10 por ciento de los campesinos ingleses son propietarios de la tierra que cultivan, y menos del 20 por ciento de la población es dueño de sus propias casas. Se dice que el campo inglés es un jardín. Es verdad. ¡Es un jardín que pertenece a los ricos!

La segunda gran intervención del calvinismo en el ancho camino de la política europea era la oposición tenaz de los holandeses, bajo la capitanía de la Casa de Orange, a la contrarreforma, cuyo baluarte era la España de Carlos V y de Felipe II. El calvinismo sentía la contrarreforma como una espada apuntada a su garganta. Se puede decir que el calvinismo ni ganó ni perdió la batalla. Aunque el calvinismo impidió que España reconquistara la hegemonía católica de Europa, no traspasó las fronteras del Imperio Español.

La tercera intervención calvinista fue la Revolución francesa. La obra de una burguesía rica de financieros, abogados, intelectuales, divorciados del suelo católico del país, e influenciados profundamente por el espíritu protestante y capitalista. Se puede decir que esta revolución alcanzó su más perfecta representación en la frase del rey liberal de la Casa de Orleans, Louis Philippe, descendiente directo de aquel "Philippe Egalité", que había votado en pro de la sentencia a muerte de su rey y pariente Louis XVI. Louis Philippe gritó al pueblo francés en 1848: "enrichez vous", ¡enriqueceos! Así colocó la virtud suprema, el valor absoluto de la vida humana, en la búsqueda de las cosas materiales de este mundo. Más tarde trataremos de explicar cómo esta doctrina liberal y calvinista produjo la reacción marxista. Aquí la citamos, simplemente, porque sería imposible encontrar una frase que más cínicamente simbolice el espíritu liberal emparentado con el calvinista.

La cuarta intervención grande del capitalismo liberal se efectuó en España en el siglo XIX. Aunque el calvinismo no se infiltró en España con toda la crudeza de su doctrina teológica, sí entró indirectamente a través de la masonería. La desamortización de los bienes de la Iglesia, promulgada por el masón y liberal Mendizábal el 19 de febrero de 1836, repitió lo que ya había pasado en Inglaterra tres siglos antes. "Ese inmenso latrocinio" -en palabras de Menéndez y Pelayo- creó un partido liberal cuyo bienestar material dependía de la existencia continuada de la dinastía liberal de Isabel II, cuyo descendiente y heredero hoy en día es Don Juan de Borbón y Battenberg. Se puede decir que el espíritu liberal y capitalista, vencido en parte, por lo menos, gracias a las armas de las Españas del Siglo de Oro, volvió para ganar la guerra dentro de las mismas entrañas de la tierra española en el siglo XIX. La clave de las guerras carlistas es el apoyo enorme que el liberalismo español encontraba en el capitalismo europeo, un apoyo que hizo posible que un puñado de masones y burgueses, que carecían totalmente de pueblo, se apoderaran del destino de España. El protestantismo nunca echó raíces en la España católica, pero sí hizo posible que España perdiera su destino histórico, hasta que lo recobrara el 18 de julio de 1936.

El mundo que surgió del calvinismo fue gris, sin belleza, sin amor. Se destrozó con el calvinismo la antigua unidad de todas las instituciones cristianas. Los derechos de los hombres, así como sus deberes para con el prójimo, desaparecieron. Con la negación protestante de la negación humana vino la negación protestante del mundo sacramental. El valor de la creación se derrumbó y Dios se retiró al esplendor inaccesible de su majestad trascendental y terrible. Con la repulsa del valor sacramental de la realidad vino la negación de la bondad de la materia, y, de esto, la negación de María, principio de la mediación. El universo llegó a ser nada más que la materia prima del manchesterianismo (Doctrina liberal-capitalista confeccionada en la ciudad de Manchester, Inglaterra), un universo bueno solamente para explotar y martillear, a fin de lograr lo severamente útil, y nada más. El hombre se abandonó a la búsqueda de bienes de esta vida. Un materialismo se apoderó del espíritu europeo.

El liberalismo es el hijo del calvinismo y ambos son los enemigos perpetuos de la ciudad católica. Un hombre incapaz de darse cuenta del papel del protestantismo y, sobre todo, del calvinismo dentro de la historia, no puede lograr ninguna visión de la crisis de nuestros tiempos. (P. 45)

Pero en el Estado liberal, ¿qué son los famosos grupos de presión? ¿Existen de verdad o son fantasmas que estorban la mente de los Tradicionalistas? A fin de aclarar este problema, tenemos que acordarnos del hecho de que estos grupos no pueden ser ni la universidad, ni la región, ni el municipio, ni la familia, simplemente porque el Estado liberal ya ha suprimido cualquier representación política por parte de ellos. Casi siempre el grupo de presión es capitalista y casi siempre representa una mentalidad más o menos liberalizada y a menudo calvinista o masónica. Debido al hecho de que el liberalismo del siglo XIX negaba todo derecho a los trabajadores, estos reaccionaban en favor del socialismo o del comunismo y formaban sus propios partidos. Así, la oposición entre la derecha y la izquierda nació dentro del Estado liberal, que fue precisamente su engendrador. (P. 78)

Si el descubrimiento de la técnica moderna y su despliegue en la industria hubiese pertenecido a un mundo tradicional e íntegramente católico, el infierno social del siglo pasado, y parte del nuestro, se hubiera evitado. Los medios nuevos de la producción se habrían compaginado con la sociedad histórica, y la transición al mundo contemporáneo se habría efectuado lenta y humanamente. Pero tenemos que acordarnos del hecho de que el capitalismo europeo precedió a la revolución industrial dos siglos. A veces confundimos el capitalismo con la industrialización, pero es preciso tomar en cuenta que existía ya un capitalismo en Europa cuando nació la revolución industrial. Este capitalismo se apoderó de los nuevos medios de producción e hizo que le sirvieran para sus propios fines. Los resultados son tan conocidos que basta enumerarlos: la propiedad particular pequeña desapareció en gran parte y en Inglaterra casi del todo; los artesanos perdieron sus oficios y el pan de sus familias, debido a que la masificación de la industria les hizo superfluos; una nueva clase de proletarios creció espantosamente, como un cáncer, dentro del cuerpo europeo; una clase compuesta de hombres sin propiedad y totalmente despojados de cualquier lugar en la sociedad. Esta clase, forzosamente tuvo que entrar en las fábricas nuevas, para hacer el trabajo necesario para que los capitalistas engordasen aún más; había una huida del campo y un crecimiento de ciudades nuevas, esponjas enormes, sin personalidad ni corazón, cuyo centro no era la catedral, sino la fábrica, en aquel entonces un infierno cuyos esclavos no tenían ningún derecho en absoluto. Los ricos se enriquecieron aún más y los pobres se empobrecieron aún más. El espíritu detrás de esta transformación gigantesca era el antiguo calvinismo emparentado con la masonería, cuya única modalidad era la autojustificación de la riqueza como símbolo de la salvación. (P. 85)

Otra vez el capitalismo calvinista, unido con la masonería, se estrechó la mano con las fuerzas de la Revolución. La Revolución Industrial transigió con la francesa, liberal y masónica, en las primeras décadas del siglo XIX, y su unión creó lo que solemos llamar el mundo moderno. Las razones en pro de esta alianza están clarísimas. El liberalismo predicaba el individuo aislado, sin raíces en la sociedad. La Revolución Industrial creó un hombre a esta imagen. La masificación y la automatización de la sociedad, que eran sus resultados, sembraron las semillas del marxismo. Si el liberalismo no hubiera existido, el marxismo tampoco habría nacido. Este no es el único pecado del liberalismo, pero sí es uno de los más graves. (P. 87)

Se dice a menudo que el comunismo encuentra sus raíces en los abusos del capitalismo. Este juicio tiene su razón, pero tenemos que profundizar en él para entender la verdad que tiene. El mundo liberal y capitalista del siglo XIX destrozó la antigua cristiandad desde fuera del alma y desde dentro de ella. Externamente, el liberalismo desmanteló las estructuras históricas de la sociedad europea. Lo que había sido una armonía de instituciones y de clases, con todos sus derechos y privilegios, se convirtió en una masa gris de individuos sin raíces en la comunidad político-económica. El hombre perdió todos sus derechos salvo uno: el derecho de vender su trabajo al mejor postor. Con esto, el hombre perdió todo sentido de responsabilidad para con la sociedad dentro de la cual vivía. Si valía solamente en términos de la fuerza de sus brazos, él no era responsable por lo que pasaba dentro de un mundo que ya había dejado de ser suyo. El hombre se redujo a ser un trabajador para una sociedad dentro de la cual no figuraba ni como participante ni como miembro. Desarraigado de la comunidad, el hombre perdió su sentido de patria. No se sentía leal a aquello que no le era leal a él. Junto con la responsabilidad desapareció también la seguridad. El trabajador industrial servía hasta que su salud y sus fuerzas se debilitasen. Al ocurrir esto, dejaba de ser útil para la fábrica y sus dueños. Puesto que su sueldo solía ser lo mínimo que su patrón podía pagarle, generalmente el trabajador no podía ahorrar nada para los años de su vejez. Se apoderaba de las masas industrializadas un sentido angustioso de inseguridad. Sus antiguos gremios habían desaparecido con la aniquilación de una economía basada en la artesanía. Pues todavía no habían aparecido los sindicatos modernos, el trabajador sentíase totalmente aislado, solo, sin ningún remedio para la incertidumbre de su vida. (P.91)

La falta de justicia y de caridad dentro del torbellino industrial, hizo que la fe desapareciera poco a poco dentro de las conciencias de los desposeídos. Esto produjo un vacío espiritual en el corazón del siglo del materialismo. Ya hemos visto que los apóstoles del liberalismo pregonaban una filosofía cuyo primer principio era la búsqueda de la riqueza y cuyo único deber era el cumplimiento de la palabra sobre los contratos entre las empresas y los obreros. El mundo se marchitaba hasta resultar materialista y nada más que materialista. La nueva prosperidad de la burguesía disfrazaba un abismo espiritual y se apoyaba en la injusticia y la pobreza de los demás. (P.92)

El comunismo trataba de llenar este vacío. Pero hay que recordar que el vacío liberal engendró el comunismo como hijo suyo. El comunismo es el producto más típico y más importante del liberalismo. (P.93)

No queremos detenernos aquí en un análisis detallado de la reacción tradicionalista, pero sí queremos indicar las dificultades monumentales del tradicionalismo europeo del siglo XIX. Aquel siglo, por malo y materialista que fuera, encarnó una esperanza liberal que todavía no había conocido el desengaño del naufragio y de la desilusión. Aunque el liberalismo había creado un infierno social en las nuevas ciudades donde pululaba la hez de la humanidad, hombres despojados de sus tradiciones, de sus bienes, de su sitio en la vida, familias robadas de su antigua creencia religiosa; aunque el liberalismo, en su afán hacia la igualdad, había reducido la mitad de la población a una igualdad de miseria; aunque el liberalismo era culpable de todo esto, sin embargo también era capaz de disfrazar sus pecado contra la justicia y la caridad so capa de una prosperidad efímera. (P.139)

Una burguesía más o menos calvinista en sus convicciones, y totalmente calvinista en su psicología y en sus reacciones sociales, se apoderó del continente europeo.
Este siglo liberal brillaba por su mal gusto en todo lo artístico, debido a que había jugado todo en lo material y había olvidado lo espiritual. Por esto no queremos decir que todos los liberales habían abandonado la práctica de la fe. Al contrario; el desfile intolerable de damas liberales y de sus maridos que, vestidos de levita y chistera, iban a misa todos los domingos y ultrajaban el sentido de justicia de los desposeídos, ayudando así a la propaganda comunista, que se empeñaba en identificar el liberalismo con el cristianismo. Era un cristianismo muy cómodo. Tenemos que recordar que el liberalismo ya había borrado lo religioso de la vida pública. Por lo tanto, la fe se retiró de los rincones del alma no tocados por la vida pública. La religión se redujo a la beatería, un fenómeno típicamente liberal. Muchas familias, cuyo bienestar dependía del robo de los bienes de la Iglesia, no faltaban nunca a sus devociones en la iglesia, domingo tras domingo. Como la conciencia liberal quería engañarse a sí misma, no es de extrañar que el comunismo, por haberse dado cuenta de esta mala fe, fuera capaz de engañar a las masas. ¡Si esto es el cristianismo, entonces, abajo el cristianismo! Es una lástima tener que decir que aquí el comunismo tenía razón.

La reacción tradicionalista fue magnífica y generosa en el siglo XIX. Fuera de España, la escuela tradicionalista era la que sostenía el Barón Carlos von Vogelsang, en Austria, que influyó grandemente sobre los grupos austríacos y franceses en los aspectos sociales. Esta escuela propiciaba la reconstrucción de las asociaciones de artes y oficios o corporaciones y la organización del Estado sobre la base de autonomías locales y profesionales (o sindicales), dando a la propiedad privada una función política o social. Von Vogelsang era enemigo a muerte de la economía capitalista y aun del interés por el dinero; también se oponía al individualismo político producido por el individualismo económico. La escuela corporativa francesa -inspirada en la austríaca- que sostenía la instauración de la monarquía, fue conocida por el nombre de Association Catholique. (P.140)

Pero el cimiento del tradicionalismo europeo era España, cuyos requetés y reyes encontraban en la pluma de Vázquez de Mella una visión profunda y aun lírica de la tradición católica española. En un sentido, el tradicionalismo (tanto europeo como español) era más izquierdista que la izquierda convencional. En otro sentido, el tradicionalismo era más derechista que la derecha convencional. Por caer fuera de la dialéctica marxista, a saber, el capitalismo frente al proletariado, una dialéctica aceptada implícitamente por los mismos liberales, el tradicionalismo tenía que luchar en dos frentes a la vez. (P.141)

El liberalismo del siglo pasado trabajó incansablemente contra esta libertad basada en la pequeña propiedad. Aunque los liberales levantaron el lema de la propiedad y de la iniciativa personal, lo guardaron para ellos solos. Por haber robado a los municipios, de sus patrimonios, el liberalismo tendía a reducir el número de familias con un patrimonio propio. Por lo tanto, el liberalismo en toda Europa, pero de una manera feroz en España, se vio obligado a enfrentarse con una enorme masa de hombres relativamente pobres pero gozando de una dignidad y de una seguridad social, debido a su participación de una manera u otra en la propiedad y en los bienes de la patria. El liberalismo siempre encontraba la oposición a sus propósitos más tenaz en las regiones más adelantadas de España, donde había una distribución amplia de propiedad y riqueza.
Ya hemos hablado del robo de las tierras de la Iglesia. Pero también se robaron los patrimonios de los municipios, que antes los habían compartido todos los vecinos. Este crimen, unido con la huida de millones de aldeanos y de campesinos desde el campo a la ciudad, creó el proletariado y las masas socialistas y comunistas.

Otra vez damos con la relación íntima entre el liberalismo y el comunismo. Para que el comunismo prospere hace falta una masa inmensa de hombres sin propiedad, disponiendo sólo de sus brazos o sus cerebros y nada más. De esta masa despojada de su sitio en la sociedad y de su justa porción de los bienes, recluta el comunismo sus fieles. El liberalismo, so capa del lema de la propiedad, la expolió de los demás y así sembró las semillas de las cuales han brotado el socialismo y el comunismo.

Sólo una política sana y prudente puede resolver este problema creando un ambiente propicio para la restauración de la propiedad en la sociedad. Esto no quiere decir que todo el mundo necesita o incluso desea tener propiedad, pero sí señala el hecho de que su posesión en una escala modesta es un condición normal dentro de cualquier comunidad sana y cristiana. En parte, esta propiedad puede consistir en tierras o rentas y, en parte, en acciones. Aquí no pretendemos escribir un texto de administración política y no queremos extendernos en más detalles. Lo importante para nuestro fin es hacer resaltar la importancia de una restauración amplia de la propiedad, sobre todo en las ciudades grandes, donde la institución está declinando. Esto es una condición necesaria para la aniquilación definitiva de la herencia liberal, así como para la destrucción del comunismo mundial. Además, la propiedad es el brazo derecho de la libertad y nosotros somos partidarios de la libertad. (P.200)

Textos sociales tradicionalistas

El origen de la Europa plutocrática (I)
La europa materialista y plutocrática (II)

Libro recomendado: El espíritu del capitalismo. Rubén Calderón Bouchet.